La pintura de Adolfo Nigro
Abraham Haber


Los divulgadores de las ciencias astronómicas nos explican que nuestra visión del cielo en un momento dado reúne, para nuestros ojos, estrellas que desde el punto de vista de lo absoluto nunca existieron simultáneamente en el espacio. Una estrella muy lejana que se extinguió hace miles de años continúa brillando en el cielo porque su luz sigue llegando hasta la tierra. Otra estrella, más cercana, que aparentemente fulgura a su lado, se ha originado después de la desintegración de la anterior, pero su luz ha comenzado a llegar mientras aún permanecía visible ese astro ya desaparecido.El cielo entero es un espectáculo donde se han congregado las realidades y los fantasmas de todos los tiempos, donde se coagula el espacio y se concentra la vida histórica del universo.

Esta descripción del cielo nocturno se convierte en metáfora para introducirnos en la pintura que expone Adolfo Nigro en la Galería del Retiro. Sus telas son una condensación de su universo de experiencias pasadas y presentes, un espacio psico-físico donde se ha congregado objetos reales, ideales, imaginarios, vivenciales, conocidos y desconocidos, donde se interpenetran objetos tan heterogéneos y disímiles entre si como aquellos animales que entran dentro de aquella clasificación china que recoge Borges y toma como punto de partida Michel Foufault para escribir "Las palabras y las cosas". Nigro, en muchas de las telas aquí expuestas, extiende sus objetos en bandas horizontales, como lo hacían los egipcios cuando describían en sus pinturas murales la vida del pueblo o la vida de la corte. Los va colocando en el espacio como si los contara o los nombrara. Pero los nombra como lo hace Whalt Whitman, desocultándolos, entregándonos la primordial pureza que estrenaron el día de la creación. Algunos objetos se desempeñan como puertas que ligan lo íntimo con lo universal; así las ruedas y los carros, que están muy ligados afectivamente al pasado de Nigro y tienen para él resonancias muy profundas, pero tal como están construidos en la tela penetran en el mundo de los símbolos y se transforman en la rueda del sol y de la vida, en el carro de los dioses, de la vida y de la muerte. Por otra parte Nigro puede captar esas sensaciones que penetran por los poros de la piel, como la humedad y los ruidos de una noche en vela o la temperatura de un día de sol intenso. Estamos en un mundo mitológico primordial donde todavía no se han escindido un adentro de un afuera, lo individual y lo universal, lo concreto y lo abstracto, lo grande y lo pequeño, lo real y lo mágico.

Nigro es argentino y fue discípulo del maestro José Gurvich, en cuyo taller se empapó en el espíritu constructivo de Torres García, pero su empuje creador lo lleva por caminos propios, que sin embargo no rompen la continuidad de una tradición iniciada por el notable plástico uruguayo. Pude observar en taller de Adolfo Nigro que su temática gira alrededor de tres de los cuatro elementos clásicos: tierra, agua y aire. ¿Falta el fuego? Recuerdo las palabras que encabezan el Timeo de Platón: "uno, dos, tres, pero el cuarto...¿Dónde se nos ha quedado?" y pienso que el fuego está presente en esa pasión por la pintura que incendia las telas de Nigro.

Abraham Haber, 1981


 

La pintura de Adolfo Nigro,
por Abraham Haber.
Galería del Retiro, 1981.

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