| Adolfo
Nigro pintor rioplatense
Nelly Perazzo
Extraido del libro Adolfo Nigro, de Nelly Perazzo,
1993, Editorial Fundación Gordon para el Desarrollo de las Artes.
Período de formación
Adolfo Nigro, nace en Rosario, Argentina, el 22 de septiembre
de 1942. Comienza a pintar a los 9 o 10 años junto a su hermano
gemelo Jorge, también pintor, "ante la mirada complacida y
el aliento de mis padres”, según sus propias palabras. De
su Rosario natal quedaron en su memoria la relación con el río
y las imágenes campestres, parvas, chacras, ruedas de carro, pertinaces
presencias del agua y de la tierra en su obra que nunca lo abandonarán.
Su mirada hacia el río le descubre la idea de cambio, de lo errático,
de ir y venir, del no detenerse. Actualizará posteriomente estas
vivencias al contactar con Barcelona.
Estudia luego en Buenos Aires en un colegio nocturno y a los 14 años
ingresa a la Escuela de Bellas Artes. Esta experiencia al amparo de maestros
que lo orientan y respaldan le sirve para consolidar su oficio, trabajar
sobre las ideas que sustentan al fenómeno artístico y enfrentarlo
con respeto.Del recuerdo de sus maestros en ese momento emerge la generosidad
del escultor Aurelio Macchi, la pintora Diana Chalukian, Héctor
Nieto, Antonio Pujía y principalmente del pintor Victor Magariños
D., quien lo guía en la comprensión de la pintura moderna
y lo acerca a las ideas del pintor uruguayo Joaquín Torres García,
figura clave del arte latinoamericano del cono sur y destinado a tener
importancia decisiva en su trabajo. Mientras tanto en Buenos Aires, para
sobrevivir, realiza las tareas más disímiles: obrero metalúrgico,
albañil, verdulero, camionero, vendedor en el Mercado de Abasto.
En lo que a pintura se refiere, arranca en 1957 con una figuración
basada en planteos heterogéneos. Sus óleos, dibujos y témperas
representando flores, paisajes, naturalezas muertas, retratos o aspectos
parciales de la naturaleza, lo mostraban oscilante entre un realismo fuertemente
adherido al referente y soluciones más sintéticas, tendientes
a estructurar a través de la mancha o de la línea, subrayando
la trasposición plástica propiamente dicha.
Hay dos cosas que surgen de esos estudios y obras tempranas y cuya vivencia
se percibe al hacer una mirada retrospectiva: por una parte la idea que
el arte debe estar estrechamente conectado con lo real en el sentido de
entorno, cotidianeidad, de inmediatez como punto de partida; por otra,
el trabajar con el concepto de totalidad y fragmento.
En 1966 decide Nigro radicarse en Montevideo donde encuentra un grupo
de pintores y de artesanos que le brindan su apoyo moral, su amistad y
algo que nunca había podido lograr hasta ese momento, sus talleres.
A partir de allí se libera de horarios y empieza a producir artísticamente.El
año de su llegada a Uruguay registra dos hechos importantes. El
primero fue la realización junto con el pintor argentino Ernesto
Drangosch, de su primena exposición individual en Galería
"U" en Montevideo, animada desde hacía 20 años
por Enrique Gómez y dedicada con exclusividad a promover jóvenes
artistas. El segundo y decisivo fue el encuentro con el pintor uruguayo,
alumno de Torres Garcia, José Gurvich.
Cielos habitados y horizontes
En 1974 Adolfo Nigro había regresado a Buenos Aires
dedicándose de lleno a la pintura y dejando de lado la artesanía
que reaparecerá en su obra, sin embargo, por vías inéditas.
Cielos habitados: En las obras de 1974, el tema de la ciudad aparece en
forma repetida con la característica de mostrar aspectos que van
de los techos hacia arriba, como si la mirada del artista se ubicara en
ese nivel. Otra característica interesante es la división
en zonas superpuestas como por ejemplo en "El puerto y la villa",
donde aparece en la zona superior, el pueblito, en el centro el horizonte
con un pequeño barco y en la zona de abajo el puerto. Esta división
en bandas horizontales está preanunciando la serie de los "Horizontes"
que aparecerá dos años después.
También vemos aparecer objetos ascendentes que se arremolinan sobre
la ciudad. Esos objetos en origen trabados, van liberándose en
el espacio. En el óleo "La caja, tiempo detenido", muestra
que su intención no es solamente poblar el espacio ilimitado, sino
también todo elemento hueco, que invite a ser ocupado, habitado.
Nigro procede a un rescate del objeto vinculado a su experiencia, a un
verdadero rescate de la memoria. No recupera solamente lo visual, sino
la intensidad de un recuerdo al cual añade una fantasía.
Esa serie de los "Cielos habitados" aparece en 1974 y se extiende,
ya en forma esporádica, hasta 1980. Su organización del
espacio comenzaba habitualmente en la parte inferior, con objetos tratados
en forma compacta y que se referían siempre al paisaje urbano.
Esa ciudad imaginaria funde referencias dispares de las tres ciudades
en las cuales había vivido hasta entonces: Rosario, Buenos Aires,
Montevideo. A partir de allí arranca un remolino de objetos heterogéneos,
adensándose en torno a un eje central ascendiendo hacia los límites
del espacio superior. Los objetos que aparecen son siempre los que han
adquirido para él un significado, son por lo tanto únicos
e irremplazables, tienen una fuerza vital propia. Formalmente se agrupan
buscando un ritmo, una unidad, un equilibrio. Como él mismo ha
escrito: "El acercamiento a la realidad a través del objeto
cotidiano es una constante en mi trabajo. El objeto se convertía
en el protagonista de mis obras, objetos familiares con un pasado y una
historia compartidos. Al proyectarme hacia la realidad pensaba encontrarme
a mí mismo y así llegar a entender el sentido de las cosas
en su totalidad".
El tema de la tierra
El crítico argentino Abraham Haber observó
en cierta ocasión que la temática de Adolfo Nigro gira alrededor
de tres de los cuatro elementos clásicos; tierra, agua, aire. A
partir de 1977, el tema de la tierra va a asumir en su producción
importancia fundamental. Esa mirada hacia la tierra había sido
la que, durante su permanencia en Barcelona había determinado afinidades
muy estrechas respecto a Miró: su sentimiento del paisaje campesino,
su tratamiento plástico, su sensibilidad por lo inmediato, su obsesión
por la línea del horizonte, repetida rítmicamente en los
surcos, su salto del realismo riguroso a una fantasía desbordada.
Como va a ser habitual en la obra de Nigro, a partir de ese momento coexisten
diferentes series temáticas: lo rural pero también lo urbano,
los Horizontes, los Cielos habitados, las Figuras y Objetos en Espacio.
Algunas aparecen y se vuelven dominantes, otras van cediendo paso, otras
anuncian desarrollos futuros. Aparecen los temas de la tierra, los objetos
que serán casi obsesivos en ese período que va de 1977 al
80. "La parva es azul como el cielo"; "El carro";
"La parva y la luna"; "La distancia de la luna"; "Campo
verde"; "Horizonte azul"; "Allá en el cerro";
"La cosecha"; "Carro y horizonte"; 'La luna y la colina",
entre otros. La mayoría están realizados en óleo
o pintura acrílica donde estallan los azules, los rojos, los amarillos
peculiares, que él maneja en planos amplios y contrastados, con
acentos vívidos que alertan súbitamente la mirada. La composición
también actúa contraponiendo las zonas inferior y superior,
la tierra y el cielo, el carro o la parva y la luna.
Está siempre presente la idea de habitar los espacios, no solo
por los objetos abigarrados que se distribuyen en el campo o en el cielo,
sino que también pueblan y habitan los objetos mayores, el carro,
la luna, que se ahuecan, hospitalarios, para alojar esas presencias vivas
de la memoria personal de Nigro; las gavillas, la horqueta, la rueda.
Como siempre, cuando utiliza las bandas horizontales tienen una connotación
temporal; cada estamento alude a distintos momentos de los recuerdos,
de sus estados de ánimo. Al trabajar sin plan preconcebido, los
objetos se fueron constituyendo como un racimo que crecía y al
cual tenía que encontrarle una resolución plástica.
El hilo conductor era contar una historia de un mornento, de un sentir
y no detenerse hasta terminarla.
El tema del agua
En 1980, Adolfo Nigro afirma en medio de la poética
organización de los elementos de la tierra -colinas y parvas, casas
y carros- el tema del agua, al mismo tiempo que la insistencia en la horizontalidad
va cediendo lugar a ritmos más variados. Navegaciones: Los paisajes
de Aguas Dulces, evocación de la costa uruguaya de veraneo familiar
y la aparición de la primera obra del tema de las "Navegaciones"
inician ese camino. La paleta de Nigro adquiere mayor saturación
en los temas de la costa, el caserío, los arbustos, los caracoles.
A veces el barco "habita la luna", o los bosques de la arena
y el agua son "habitados" por caracoles, sapos y moluscos. Los
momentos nocturnales admiten muchas variantes, pero el azul cerúleo
de la paleta se vuelve dominante.
Las "navegaciones" aportan otra innovación formal; para
indicar la movilidad del agua Nigro recurre a pequeños grafismos
en ritmos contrapuestos que van adquiriendo una presencia plástica
cada vez más acentuada. Estos grafismos describen una trama que
se evidencia con mayor fuerza cuando la técnica empleada es la
tinta, combinada frecuentemente con collage.
Los calendarios: En 1981, la serie de "Los calendarios" viene
a enriquecer la labor de Nigro. En ellos una zona roja, de fuerte pregnancia,
parece dictar las reglas del juego composicional: a veces dialoga con
los contornos del plano base, a veces queda marcadamente anclado en la
zona central. Los objetos que penetran y salen de ese bloque determinan
un gran abigarramiento de la superficie y oponen la diversidad de llamativos
detalles a la unidad coloreada.
Otros recursos del pintor en ese momento son la oposición entre
los planos netos y las manchas, de límites más imprecisos,
la utilización del collage para el bloque central que luego es
pintado y abandona su introversión para abrirse introduciendo elementos
sueltos. La recurrencia de Nigro al tema temporal adquiere inéditas
variantes en esta serie. Las referencias al calendario real -los días
de la semana, la hora, el día del mes, el reloj- se refieren a
la historia pasada, marcan de manera definida el paso del tiempo. Los
días parecen ir desprendiéndose de ese bloque que se va
deshojando como un doloroso desprendimiento que connota una concepción
temporal en diferentes planos.
La imagen pictórica
La pintura de Nigro se ha situado siempre fuera de los
modelos consagrados por los circuitos institucionalizados. En ningún
momento le preocupó a este artista vincularse a corrientes de poder
dentro del quehacer cultural argentino o internacional, ni tampoco le
interesó rodearse o rodear a las figuras de prestigio. Su pintura
ha sido siempre ajena a las modas, al ruido; si bien receptiva, estuvo
siempre atenta a su coherencia interna, a la rigurosa búsqueda
personal del autor, ávido siempre de captar la vibración
única y peculiar con la cual se manifestaba en él la fluencia
de la vida y del arte.
Esta circunstancia hizo que la obra de Nigro, si bien muy actual, apareciese
como solitaria, sin estridencias, privada de un contexto que la ayudara
a ponerse en evidencia. Nigro es el ejemplo perfecto del artista que se
retrae, que preserva su intimidad creativa. Por esa razón sólo
una lectura de su obra que enfatice la continuidad y la coherencia de
la misma, nos permite actualmente reconocer la envergadura espiritual
del conjunto y la importancia de sus logros actuales como punto de llegada.
Nigro ha logrado un lenguaje pictórico que extrae de sí
mismo su propia razón de ser. No necesita salir de su autonomía
contextual para afirmar su fuerza. Esta afirmación nace de un código
manejado con vigor y sentido, adquirido a través de un prolongado
decurso donde siempre estuvo presente una mirada atenta a la palpitación
de la vida.
El objeto. El tiempo. En la obra actual de Nigro se producen cambios fundamentales
que se vinculan con su preocupación por el tema del objeto, del
transcurrir temporal y los elementos. Los objetos cotidianos, de los cuales
ha dicho Marcel Brion, que "tienen la solidez simple de las cosas
que sirven, cuya función es modesta y precisa" inscribieron
en la obra de Nigro su propio discurso significativo. Fueron primero el
referente, obligado punto de partida, para aprehender un lenguaje que
le permitiera acceder a la autonomía plástica.
En una segunda etapa los objetos empezaron a aludir a algo que iba más
allá de sí mismos y se convirtieron en agentes de revelación.
Lo onírico, los recuerdos, los sueños, empezaron a urdir
en la obra de Nigro una trama en la cual se plantea la posibilidad de
conectar la realidad con lo maravilloso y la de hacer del objeto biográfico,
"Ia cotidianidad hecha cosa", utilizando una expresión
de Violette Morin. Es el momento en el que a través del valor metafórico
del surrealismo la relación lírico-poética de Nigro
con el objeto alcanza niveles muy altos. En la última etapa, su
sensibilidad por el objeto inmediato queda desplazada. Hay elementos amenazantes,
oposiciones dramáticas que revelan mayor conflicto, mayor contradictoriedad.
La multiplicidad de centros, la profusa proliferación marcan un
paso de lo claramente inteligible a niveles oscuros del inconsciente.
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