El artista como mediador
Rosa María Ravera


La unidad de la experiencia de la que proviene la serie de objetos de esta muestra –imágenes múltiples y diferenciadas en las que varias intenciones artísticas conviven, con fraternidad manifiesta–, tiene nombre: Armação.

El lugar
El hombre que no tiene una geografía, piensa el artista, no tiene nada. No es su caso. Nigro ha sabido construir el propio entorno, que lo transforma tanto como él lo modifica a través de la vivencia del habitar. Estar, residir en un lugar, convivir con personas y cosas. Extraer de ese paisaje vivaz y lúcido, pletórico de rostros y de objetos conocidos y también desconocidos, la incitación para la Forma. Nigro no necesita empeñarse en buscar motivaciones. Llegan solas, acuden, vienen a su encuentro cuando el horizonte creado habilitó su inmensa capacidad de percibir lo que el ojo distraído no ve. Es lo que esta muestra exhibe sin reticencias, generosamente, la aptitud de valorizar lo próximo, de seleccionar lo efímero potenciando el admirable recorrido flexible de un junco, activando el deseo de retener la estrella.
La condición existencial y primera sin la cual no hay para el pintor ni arte ni felicidad reside en esa chance de lograr Habitar. En lugares diversos, en tiempos y espacios también diversos, transcurridos, desplazados. Acá y allá, en Europa pero fundamentalmente en el contexto rioplatense, desde Rosario al Uruguay, con radicación en Buenos Aires, con vacaciones brasileras. De eso se trata.

La Fiesta
Armação es fiesta. Tiempo de vacación y descanso, momento de temporalidad detenida (para la concitación acelerada) pero activa, mental y perceptivamente. La atención alerta, volcada por entero al clima visual y sonoro de un mundo primitivo, dispuesta a la espera cotidiana del pescador y de la barca, junto al mar. Es un aparecer diario que el artista vivencia en un contexto de originariedad auroral, con cierta ensoñación utópica. La captación de sensaciones nuevas, borrada la labor frenética de la metrópoli, es ocasión de poder enamorarse del ruido del agua, del roce de la arena, del color del sol. El amarillo, los blancos, el ocre, el azul, el rojo permanecen en la retina junto a los cantos y el trabajo de un universo que el pintor celebra y conmemora (durante milenios, fue la función de la poesía).
La extensión del horizonte circundante, amplio, abierto, que calma y tranquiliza, solicita también respuestas acorde. Espera reciprocidad (el inquietante paralelismo de la naturaleza y del arte). Y el artista no duda en responder, luego de una larga comunicación (comunión) tácita donde lo suyo era producir recogiendo, manteniendo. Una forma de respetar y preservar no sin expectativas. Ahora, tras largos años de habitar el lugar, decide y selecciona definitivamente. Concreta la última obra con la com-posición de todas las que integran esta Muestra. Testimonio y rescate de una experiencia de diez años. Rescate de la memoria, de la memoria del lugar y de su historia (así como de otras historias conexas). En el arte nada es simple.

El homenaje
Armaçao es homenaje a Oswald de Andrade, padre del modernismo brasilero. “América do Sul, do Sol, do Sal”, leemos en el juego poético de Barrilete, casi el emblema de la muestra. Mucho más que simple recuerdo, es adhesión fervorosa a quien ha celebrado la vuelta a la poesía luego de la influencia indigesta de intelectualismos omnisapientes. Pero ha llegado el momento, declara Andrade en su manifiesto (Pau-Brasil, del 24), de dejar de lado el costado docto para revalidar el propio. Aquello que es bárbaro, de rica formación étnica, de riqueza vegetal, mineral, culinaria, carnavalesca.
Y hay para entusiasmarse con el ansiado proyecto dado que preconiza la irrupción de la poesía. Una poesía “agil y cándida. Como una criatura”. De más está decirlo, Nigro se solidariza totalmente. Quiere unir dos épocas, con el collage Canción del agua, a Gilberto Gil, reuniendo lo popular y lo culto. Es Arte, sin más, en simbiosis unitaria.
Las formas
Se capta de inmediato, a primera vista, la movilidad de los objetos exhibidos. Asimismo su buscada precariedad, y ese carácter lúdico que ostentan con desenvoltura envidiable. Pero no acertaría quien creyese que estas experiencias pueden agotarse en la inmediatez de una aprehensión rápida. Las sensaciones que sugieren, a medida que las recorremos, van in crescendo.
Hay cartas, señales para navegantes, incitación a los tránsitos, imágenes en las que la conocida sapiencia constructivista del artista (con simetrías nunca exhaustivas, algo vulneradas, en algún aspecto) se impone. Contrastan con otras en las que la estructura, sorpresivamente, se fue de vacaciones. Los juncos enlazan y entrelazan por arriba y por abajo. No se esconden, no fingen, simplemente navegan ensayando profundidades. Obviamente hay metáforas (¿dónde no las hay, en el arte?). Pero descubrimos que en muchos objetos resaltan de modo especial los nexos metonímicos, como en Lombriz nocturna. Una cosa junto a otra, en contigüidad estricta. La relación sintagmática, le dicen. El predominio de la conjunción que revalida sus derechos frente a la comparación (metafórica). Al parecer el artista así siente a sus objetos. O quizá la cosa misma quiera estar acompañada por otras en igualdad de condiciones, en la proximidad más sencilla, la menos ambiciosa, y el artista respete ese sentir (¿el suyo, el del objeto, el de ambos? vaya a saber). ¿Acaso la imaginación estética no intenta suscitar la nuestra? El hecho es que la virtud del modesto hallazgo es valorizada.
Hay operaciones visibles e invisibles, procedimientos en marcha de peculiaridades constructivas deconstructivas que no eluden infracciones, desvíos nunca insolentes, libertades alegres y amicales. Aflora la tentación de lo efímero, de lo fragmentario, del trozo que se desprendió –y desentendió– de un completo, de un entero quizá inexistente. Como la vida misma, dispersa, ocasional. Captamos un fuerte requerimiento de espesor vital en el grosor del soporte de la imagen: un papel de borde irregular preparado por la hija, fabricación artesanal aplanada que no tomó por cierto como modelo el rigor bidimensional del plano pictórico. Sobre esa peculiar base matérica se asientan, o más bien surgen las imágenes.


La Estructura, no siempre
La realización de estos trabajos trae novedades en la obra de Nigro. Una producción que extrae sentido de la conjunción de diversidades formales y vitales que lo han solicitado siempre, desde pequeño. El nivel del significado, referible a la energía que se desprende de elementos primordiales como el agua, el mar y el aire, considerados motivos inspiradores de su obra, adquieren sentido pleno de la articulación que los vincula. Se tendría la tentación de pensar, en consecuencia, que la esencia de este arte es la Estructura; obviamente una estructura no tautológica sino todo lo contrario, rica de los contenidos que la vivifican y que al valorizar la emoción, le donan forma.
Con estos objetos, sin embargo, sucedió algo diferente. En no pocas ocasiones la estructura deja de ser elemento prioritario. Cedió responsabilidades. ¿Qué es lo que ocupa ahora el lugar vacante? No lo Real, un imposible, sino la realidad del objeto concreto, de esas modestas cosas perdidas, abandonadas, y por lo mismo queribles, como el trocito de papel encontrado en la playa, los cordones, el corcho, las cartas…
Nos parece que dos impulsos de forma coexisten; el primero va de la estructura a la forma, a la que configura; el otro distorsiona ese orden y echa mano al registro directo del objeto. En este caso el artista procede del objeto a la estructura ya sin obligaciones visibles, con libertad para prescindir de ella, si quiere. Y lo hace no pocas veces. Ya no hay representación sino presentación, y el objeto es un signo cuya ausencia se aplanó en la materialidad de la presencia, inocente de responsabilidades que se le han asignado tradicionalmente.
Hay que destacar que la dinámica de la estructura es sagaz. Ella puede estar, no estar, o quedar oculta. Los juegos ofrecen variantes, y esta exposición no las escatima. Una bella estructura sensible, coherente con la noble herencia constructiva de Nigro se evidencia en imágenes algunas de ellas de sencillez conmovedora (Madre-Pez), Los ojos del agua, La playa, La lluvia confía en la estructura y la entrega a la mirada. Pero hay también, ya lo dijimos, desarticulación de formas que tornan los conjuntos inestables, hay descentramiento, acumulación, proliferación de centros. Acontece esto último en Noche de Armação. En la imagen las chapitas-ojos-estrellas se asoman ante nosotros como en tropilla, espontáneamente, al parecer. Claro ejemplo de que las matemáticas no coartan el dinamismo de las formas. En efecto, la organización del plano escondió la estructura pero la acata, en esta ocasión según el dictado de la sección áurea. Un ejemplo diferente (otra reglación) es Estrella, donde ésta, con sus asombrosas perforaciones naturales se inserta entre dos importantes formas figurales, instalada como elemento mediador que al mismo tiempo separa y asocia en calidad de terceridad interpretante. De acuerdo con lo expresado sería posible detectar una tematización implícita de las capas más hondas de la significación. La estructura, condición del texto (de la obra) coordina y ensambla a nivel de las exigencias formales de la producción. Aquí, afianzado el artista en la esfera de la imaginación y los sentimientos, confía a esas instancias la facultad de unir y religar, creando desde tal base –que ha resultado aliada de “la cosa”– la ligazón pertinente en relación con la singularidad (irrepetible) del objeto. Un operar a medio camino entre lo que Nigro trae consigo y encuentra, en la noche de luna, en la playa, en la costa, con disposición cálida, como caliente es la arena al sol.
Estas experiencias vivenciadas que en muchos casos trabajan con elementos previamente elaborados, con frecuentes marcas pictóricas, invitan a seguir apreciando. Hilos, sombras, cartas… En una serie de collages éstas son protagonistas. Viajan, como el pez en el agua, van y vienen. Comunican. Los desplazamientos son decisivos puesto que en realidad lo que circula a través de las noticias, lo que puede estar –o no– en la base de la información es el afecto. La tonalidad afectiva vincula, acerca, contacta y queda depositada en personas determinadas, en determinados sitios. Mientras el intercambio se universaliza, el hilo une, ata, desata y se expande suscitando el viento del agua. Como el junco, vive, crece y arriesga su doblez.
El junco merece una detención. Es puro diseño que al desplazarse fragua su silueta, prodiga elipses y penetra en el papel (la tierra) para reaparecer intacto. Asocia, propone la amicitia de las formas y –esto no pasa inadvertido– sus redondeces sutiles generan sombras. Así nace el doble (tan barroco). Proceso primero del signo, que para ser sí mismo precisa su otro. Sombra leve que acompaña discretamente la elegancia de los trayectos.
Por supuesto el devenir de las transformaciones es terreno apto para el aflorar de las infaltables ambigüedades de lo estético. No son inocuas; hacen trastabillar lo que suponemos es la identidad de las cosas. Como todo verdadero artista Nigro pelea contra la univocidad. Rápida e instantáneamente, en su trabajo, una misma cosa deviene otra. La Barca, materia povera de sencillez exacta, encuentra su diagrama en segmentos, remos, el arpón y los ritmos del agua, sin olvidarse de inventar un rostro.
En Luna del río, la barca y el caracol iluminados en el rodeo de la red semejan, según se mire, una barca-cruz con corona de espinas. De acuerdo con la percepción y el pensamiento en el incesante ejercicio del “ver”, “ver como”, “ver a través”... las magníficas jugadas del testimonio visual.

Señales y algo más (la red, la Tierra)
El conjunto de estas obras, un ciclo completo que irrumpió y concluyó autónomamente, al decir del artista (idea que le habría sido sugerida por Pavese), sedimenta paso a paso articulaciones en tránsito. En tal sentido el agua revela ser condición óptima. Nadie puede estar en ella inmóvil porque transcurre en permanente cambio, como lo señaló la enunciación filosófica allá a lo lejos. Y en verdad todo vibra y oscila, no sólo los móviles, los juncos, los collages que ensamblan fragmentos como si reposaran en una detención momentánea, a la espera de una ulterior reorganización inventiva.
Comprendemos muy bien que tal contexto exige Señales para navegantes. Son imprescindibles. Y la sucesión de las presentaciones está plagada de indicaciones orientativas, señales, flechas. El devenir de este universo vegetal, animal, humano, típico de la visión cosmológica del barroco latinoamericano, no va a la deriva. Digamos acá que el artista posee cierta costumbre de escuchar sólo lo que concierne existencialmente a sus propias preocupaciones, y éstas no contemplan el deambular sin rumbo. Lo que descartó es la inflexibilidad del camino, el objetivo único. Lo que tal actitud adelanta, como réplica, es la multiplicación de direcciones vitales, y con ellas el avance de un latido continuo en tanto aptitud vinculante.
No se duda de que en estos procesos el sentir de la tierra ha cobrado preeminencia inédita, y a este punto queríamos llegar puesto que desde allí se partió. Es el habitar de la tierra brasilera lo que permitió develar el deseo de proximidad. Es la tierra la que ha conducido la forma a su máximo acercamiento a la vida, no sin la intervención determinante de la cosa. La cosa se adelanta a la estructura, la atrapa, en ocasiones la secunda, de ella se sirve para abandonarla, a ratos. Lo que ha logrado el artista es exhibir la lucha y a la vez el pacto y la alianza entre el Objeto y la Forma.
El éxito de los resultados está a la vista. Parecería que los objetos arrastran y se dejan arrastrar por Nigro a los fines de promover la agitación del viento e iniciar el derrotero desconocido, a la vez tan familiar. De tal manera han sabido apuntar al fondo del arte. Un fondo que, ya lo hemos presentido, es también ocasión de desfonde. Porque la tierra, a la que volvemos y volveremos siempre, puede ser, justamente, desfonde. Tal sucede con la rotura de la red, significando ese resto su mayor alejamiento del orden estructural. Quizá también la mayor proximidad a la vida como misterio, como ritmo de los tiempos, de las estaciones, y del trabajo del hombre.


La genealogía
Por sobre todo, hay árbol genealógico. Tiene que ver con lo que entronca con sensaciones arcaicas, el ruido de los grillos en el verano rosarino de la infancia, la inminencia del río, en la noche húmeda. El artista va a lo suyo, y lo suyo implica no sólo la “experiencia vivida”, a la que es tan sensible, sino también lo que podemos llamar la vida de las formas, en este caso, la pintura. Un orden, un lenguaje, un intertexto. Y a ese espacio ha ido a buscar raíces, genealogía, padres. Su obra de alguna manera es recuperación, de lo que es suyo y de lo que es de otros. Coherente, porque siempre ha querido unir, vincular, en la creencia que se trata, en sustancia, del Habitar.
Nigro ha asumido líneas de tradición pictórica. Bien entendido, de cierta tradición que comparte considerando, con razón, que esa decisión no contradice ni bloquea el sentido de lo contemporáneo. La retención del pasado no es sin memoria (¿cuántos artistas renunciarían a ella?).
Es esa condición la que le ha permitido elegir referentes, ganar una filiación, en una palabra, conquistar su destino de pintor. Como es notorio, en el constructivismo de Joaquín Torres García, del que admira, entre tanta enseñanza, el amor por la técnica artesanal y popular. También afirma la importancia de su maestro José Gurvich, el aporte de Libero Badii, con la apertura de sus increíbles muñecos. Asimismo, el de Juan Grela, de quien alaba las poco conocidas maderas policromadas, realizaciones en las que pureza de formas, simplicidad y rigor son todo uno.
Nigro aspira a una cultura propia, latinoamericana, y en tal empresa este ciclo brasilero es un jalón trascendente. Vivencias y praxis que se corresponden con lo que recomendaba Pavese: hacer un pozo, empezar a cavar y no moverse de allí.



El artista como mediador,
por Rosa María Ravera.
En Adolfo Nigro. Objetos y collages.
Fundación Banco Patricios, 1996.

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