| Tiempo
de cosecha
Hugo Achugar
Tiempo y material
Tiempo y materia, en arte siempre se ha tratado de este aparente par
de enemigos. El tiempo destruyendo la materia, la materia venciendo el
tiempo. Los antiguos habitantes de lo que hoy es México y Guatemala
apostaron a la piedra para vencer la acción de las horas y los
siglos, de las lluvias excesivas y los soles quemantes. De ese modo exorcizaban
sus miedos, daban forma a sus deseos, homenajeaban a sus dioses, celebraban
su cultura, imponían el respeto, materializaban su poder. Algo
similar sino lo mismo, intentaron muchas otras culturas a lo largo y ancho
del planeta.
Tiempo y materia, la cultura se resuelve en esa lucha pero tiempo y materia
es también signo de otro enfrentamiento. Un enfrentamiento que
puede describirse como el de arte e historia; un enfrentamiento que es
además un diálogo: la historia en diálogo con el
arte, la historia como una forma de la conversación entre el tiempo
y la materia.
La materia transformada por un artista que observa su tiempo, eso atestiguan
los Papeles de Calyecat de Adolfo Nigro. El relato que organiza esta muestra
narra una historia aunque quizás fuera más acertado decir
que los papeles de esta muestra narran varias historias. Narran las múltiples
historias que entretejen los Papeles que Nigro construyó durante
los tres meses de su estadía en México entre 1995 y 1996.
Papeles en diálogo con la Historia con mayúscula pero también
con las pequeñas historias de la vida cotidiana, papeles -verdaderos
sismógrafos- en diálogo con el tiempo social pero también
con los avatares de una sensibilidad artística. No todo sin embargo
es diálogo con el aquí y ahora social y político.
Nigro arma este relato mexicano desde una historia propia, una historia
personal, artística y afectiva, que lo lleva a registrar, además,
la memoria de la tradición plástica que constituye su formación
y también la memoria de su más íntima peripecia personal.
Historia y memoria conjugados en el arte de unos papeles que se nos presentan
como tiempo y materia pero también como fecha y lugar. Tiempo y
materia conjugados en un lugar, lo que equivale a decir: un espacio y
un tiempo, una materia cargada de significado preciso porque dialoga con
ese tiempo y ese espacio; una materia transformada, sin embargo. Una materia
que ha devenido arte.
Esa materia, la materia con que Adolfo Nigro arma sus Papeles, es frágil.
Se trata de cartones, recortes de periódicos, cajas de fósforos,
los mismos fósforos, mondadientes, ramitas, sellos, envolturas
de golosinas, fragmentos de cajas de huevos, hilos y piolines, el billete
de ingreso al zoológico, una hoja de block escrita por su hija,
trozos varios, paja, punzadas que modifican el papel y, a veces, simples
agujeros. Sosteniendo ese universo de materiales desechables, de objetos
no prestigiosos, de fragmentos no trascendentes, cotidianos: el amate,
plano y fundación, textura artesanal, empastado tejido, marca el
espacio de una cultura, el tiempo y la historia de una sensibilidad.
Fragmentos a su imán
El “collage” es mezcla sabia, encuentro deliberado con que
el artista acumula y registra lo cotidiano. Organización temporal
de la materia, el “collage” en Nigro representa una atracción
por el fragmento, por el objeto cotidiano y también por el conjunto
social. Presente en la obra de Nigro desde 1967, el “collage”
se vuelve ahora el modo que el artista elige para dar cuenta de las turbulencias
de la historia.
El “collage” dice del arte y de la sensibilidad de un artista
y dice también de una cultura que ha aprendido a descomponer la
mirada. O mejor, dice de un arte que ha aprendido y ha comprendido el
valor del fragmento. En ese sentido, se podría afirmar que la belleza
o el significado que Nigro encuentra en estos materiales -fragmentarios
o descontextualizados- es uno de los legados de la modernidad. El collage
irrumpe en la modernidad y signa gran parte del arte occidental incluso
el contemporáneo pero el collage en Nigro puede ser leído
de otra manera. Estos Papeles de Calyecat, como antes otros collages de
Nigro, son fragmentos de una historia, son los signos de un discurso mayor.
Vistos, leídos en la sucesión discursiva que implica toda
muestra, estos collages devienen unidades o momentos de una historia que
dice de nuestra América. Una historia en la que el tiempo social
y el tiempo del arte se unen para configurar una cultura. De ese modo,
el collage no resulta en una manera o en una técnica del arte de
la modernidad europea sino en un modo de narrar desde los márgenes
la historia general de nuestra cultura. Un modo de narrar que supone integrar
lo que una historia oficial entiende como descartable, intrascendente,
no merecedor de registro o archivo.
Historia desde el margen construída con los fragmentos de múltiples
historias que, ahora, desde otra posición, desde otra mirada marcan
una posicionalidad y por lo mismo, otra historia. La historia otra que
sólo puede ser narrada con los fragmentos que el poder desecha.
Convocados por una mirada, atraídos por una sensibilidad, ordenados
por una voluntad, estos fragmentos diseñan esa otra historia, arman
otra cartografía y significan en torno al imán que es el
arte particular de Adolfo Nigro posicionado en las coordenadas estético-ideológicas
de nuestra América.
Tiempo de cosecha
Estos collages de Papeles no reúnen simplemente materiales. Junto
al acto de “recortar y pegar” está el dibujante y está
el pintor. El fragmento o el objeto aislado, extraído de su situación
de enunciación original, se vuelve color y textura y se hace palabra,
palabra plástica.
Los símbolos que acompañan la obra de Adolfo Nigro desde
sus comienzos aparecen ahora en otra clave; así sucede con Estrella
de siempre. Las escaleras, los peces, los caracoles, presentes en el arsenal
torresgarciano de la “Escuela del Sur” y en la obra de Nigro,
también son convocados en estos Papeles pero ahora están
cargados de una historia más reciente aunque quizás no sea
nueva. Permanencia y transformación, la historia de Chiapas se
lee con instrumentos anteriores reformulados en función de un “aquí
y ahora”. Así, las herramientas o las escaleras se unen a
la serpiente. Así, sucede en Muchos barcos o en Hay ya luces donde
la estrella, el pez, el caracol, la herramienta, el ojo, la insinuada
escalera o el grafismo retoman una escritura anterior en una nueva clave,
en una clave chiapaneca.
En Aguascalientes el guerrero combina, desde la “pobreza”
del palo, del piolín, del recorte de diario y del cartón
de la caja, el “oro” de la tradición con el “rojo
y negro” del presente en la construcción de la figura emblemática
del alzamiento de Chiapas. La urgencia hecha arte, entonces, una urgencia
trascendida, moldeada, transformada. No la emergente, urgencia, desmedida
del exceso sino la madurez de un arte seguro de sí mismo. Un arte
que puede no ser explícito sino, como ocurre en Serpiente y nopal,
jugar con la alusión del “rojo y negro” de la serpiente
para darnos la hora de Chiapas.
La urgencia de la historia no significa la abolición del arte.
Más aún, en los tiempos globalizados del ciberespacio, permanece
la poesía. El Ejército de Liberación Zapatista, “ELZ”,
maneja la tecnología contemporánea pero no abandona la poesía,
del mismo modo, el artista Nigro recupera y celebra en estos collages
la mano del hombre que triunfa sobre la máquina. El espléndido
Sembrados y banderas, por ejemplo, escribe/construye/dibuja/pinta la conjugación
de una tradición campesina y una conciencia social. Pero lo hace
desde un humanismo radical, presente también en Amanecía
enero o en Caminan los árboles; humanismo radical que dice de una
apuesta a la inocencia a pesar de las “armas de palo” que
esgrimen las figuras.
Una apuesta a la inocencia que es un modo de describir la apuesta por
la utopía. Una utopía que entiende que “No morirá
la flor de la palabra”, como dijo el subcomandante Marcos y recoge
Nigro en el preciso y depurado collage de La palabra. Una apuesta a la
vida, a la sobrevida de la palabra en la poesía, a la sobrevida
del arte, a la sobrevida de quienes creen -y entre esos muchos, Nigro-
en el triunfo de lo mejor de la humanidad por sobre lo peor de la propia
humanidad.
Una apuesta jugada, como todas las apuestas, al futuro. Un futuro que
es y será, nos dicen estos papeles, un “tiempo de cosecha”.
Precisamente, Tiempo de cosecha se titula uno de los collages más
hermosos de esta serie de Papeles de Calyecat. Un tiempo que, como el
collage homónimo, despliega en “escalera” los símbolos
y los grafismos de la esperanza que se destacan en la oscura calidez del
amate. Un tiempo que trae apretado en manojo de paja -resultado y símbolo-
el trabajo de los hombres y mujeres que se resisten a ser olvidados, a
ser silenciados. Palabra en flor, tiempo de cosecha, arte sin más,
los Papeles de Calyecat . Tiempo de cosecha, papeles de arte, apuesta
al futuro, utopía social y artística que Adolfo Nigro nos
presenta para celebrar lo mejor de nosotros mismos con la fineza y la
maestría de un arte mayor.
Hugo Achugar
Montevideo, junio de 1997
|