| Una
pintura de las orillas
No puede soslayarse, en el análisis de las obras de Nigro, una intencionalidad que va más allá de la mera construcción y articulación de las formas, y aun de su permanente reflexión en cuanto a sus fuentes artísticas. La suya es una poética que se nutre inequívocamente de sus convicciones políticas y afinidades literarias, de un profundo compromiso con la realidad de su tiempo y su lugar de pertenencia. Nigro es un artista que comparte su pasión por las imágenes con una pasión por las ideas y las palabras. Palabras que por momentos han invadido sus telas, aisladas en la plenitud de su significación, y otras veces invocando la voz de los poetas: Juan Gelman, Césare Pavese, Líber Falco, entre otros, con quienes establece un diálogo íntimo, sensible y a la vez trascendente. En sus telas, collages, objetos, plantea cosas que no podrían decirse de otra manera, en un lenguaje visual que apela tanto a la sensibilidad como a la inteligencia. A veces la cadencia, la musicalidad de la poesía informa ritmos y colores. Pero también es seducido por la palabra exacta, por el hallazgo de ideas, conceptos coincidentes con sus ideales éticos y estéticos, de los cuales se apropia para imaginarlos en su obra. Hay en sus imágenes, una forma nueva, libre, del antiguo principio de ut pictura poesis. Su poética se nutre también de la enseñanza de aquellos a quienes el artista elige sus maestros. De manera fundamental Torres García, Gurvich, también Bruegel, Picasso, Miró. Y otros artistas, muchos de ellos sin nombre para la historia, presencias del mundo precolombino y del arte popular, el de las calles, el de los mercados, el de los niños. Estudia a sus maestros con la humildad del que conoce bien el oficio. Aprende de ellos, como un albañil, a construir. Estudia los sistemas de construcción de las formas, en ningún momento se propone recuperar ni trasvasar otros universos de sentido. La labor de Nigro es reflexiva, su poética se inscribe en una trama ineludible. Su obra se erige como un pronunciamiento contra el desarraigo, contra el vaciamiento de sentido, la desterritorialización. Su pensamiento es de liberación. Es, además, un pensamiento que gira en torno a la referencia a un lugar geográfico y humano bien preciso. Habla de solidaridad, de un orden misterioso que orienta aun a seres ínfimos y entrañables, como las lombrices, como los peces errantes, como los hombres. Adolfo Nigro vive en Buenos Aires. Es un ciudadano atento: le interesa todo lo que ocurre a su alrededor, mira, escucha, lee, participa. La presencia de la ciudad, sin embargo, no resulta evidente en estos cuadros. El artista parece, más bien, dirigirse a ella en una relación dialógica cargada de propuestas. Propone un itinerario posible, un viaje. Un viaje que no es fuga ni evasión sino una suerte de regreso, la posibilidad de un reencuentro. Nigro ha vivido muchos lugares: su Rosario natal, Buenos Aires, Montevideo,
Santiago de Chile, Barcelona, Armaçao, México, São
Paulo; algunos más que otros, pero siempre intensamente. Ha habido
desde el principio en él un desarraigo y un sentido. Busca y encuentra
una identidad hecha de fragmentos, en un trabajo minucioso. En sus cuadros
se encuentra la vivencia de la fragmentación que implica cada partida,
y en ellos está también la búsqueda de la unidad
de esos fragmentos. Dos cuadros parecen evocar los dos extremos de esta
dialéctica: Rumor de islas, el desarraigo, la levedad de las figuras
que flotan como impulsadas por el viento, y Umbral de la tarde, la inextricable
complejidad del arraigo, sólidamente construído como un
gran rompecabezas que viniera a conjurar la desintegración. Es
la suya una identidad que se va construyendo en un sistema de pertenencias,
apropiaciones y rechazos para proponer un lugar que cobra existencia en
esos cuadros. Ese lugar tiene algo en común con Macondo y Santa
María. Hay quien dice que no existe la verdad en el arte, que todo es ficción. Nigro habla de cosas que existen, de lo que ve, habla también de lo que entiende y siente que hace falta. Habla del acercamiento, de la solidaridad de los seres y los objetos. Tiende a su alrededor una mirada cargada de futuro que abarca y yuxtapone significativamente seres y objetos que pueblan el mar, la tierra, el cielo. Desde lo más alto hasta lo de apariencia más insignificante. La pintura de Nigro se nutre en el universalismo constructivo de Torres
García para recorrer un camino en el que el rigor sistemático
va cediendo lugar a una poética fuertemente anclada en lo local.
Sus formas son cerradas pero permeables. Sus cuadros son geometrías
orgánicas. Sus formas tienen ojos, patas, crestas, aletas, manos.
Son formas que albergan otras formas, que crecen, que van enlazándose
y continuando sus límites. Siguen ritmos, pausas, quiebres que
se van desarrollando sin imposiciones, como canciones o como poemas. Sus
obras nacen de la línea, del disegno en el sentido en que lo entendía
Leonardo. Su dibujo construye poéticamente formas cargadas de sentido,
vibrantes y cálidas. Nigro siempre va a los mismos lugares. Recorre los mismos caminos para encontrar nuevas maneras de ver aquellas cosas que lo habitan y que lo alimentan. En estos cuadros hay presencias que recorren casi toda su obra, que nos sorprenden maduradas, mixturadas, interpenetradas. Hay en estas obras geometrías que son lombrices, colores del océano y del Tigre. Hay almejas que son peces, manos que son almejas, cuchillos que son luna. Todo, en fin, remite a la costa, a las orillas, pero sus orillas no son sólo las del río. Habla de vivir en la orilla, en el borde de los mapas. Estos cuadros irradian vitalidad, confianza en el hombre y sus raíces. Su perspectiva humana está presente allí, en la pintura. Se erigen contra la derrota y el extrañamiento, contra la pérdida del centro. Son cuadros rioplatenses, sudamericanos, pero también refieren a la universalidad y sus principios, a la unidad de lo animado y lo inanimado. En Cruz oceánica la simbología de la pasión cristiana se despliega en un orden nuevo, en el que la geometría de la cruz se multiplica y desordena integrando al drama otras presencias míticas y orgánicas que parecen potenciarlo y universalizarlo. Estos cuadros invitan al descubrimiento, exigen una contemplación
minuciosa, cada recorrido de la mirada permite nuevos desciframientos
de una complejidad que se nos presenta como un enigmático microcosmos.
Nada en la pintura de Nigro es obvio.
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| Una pintura de las orillas,
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