Nigro acróbata
Guillermo Piro


Repitan conmigo: en otoño las hojas cambian de color y caen; en invierno llueve y hace mucho frío; en primavera la naturaleza se despierta, se abren las flores; en verano la luz del sol ilumina y calienta. El agua es líquida, la tierra es sólida, el aire es transparente, el fuego quema. ¿Alguien está perdiendo la paciencia? ¿Alguien se aburre leyendo esta serie de verdades eternas que podría no terminar nunca? Lo simple no sólo tiene virtudes soporíferas: también tiene su color y su música. La simplicidad es santa. La profundidad se vuelve accesible. El misterio es parafraseable. La historia no existe, es una superstición laica. Todo fue escrito, todo fue pintado, todo fue esculpido, todo ha muerto, y por eso podemos abusar de cualquier cosa. Lo sencillo y despojado se confunde con lo artificioso. Adolfo Nigro es un maestro de la sobredeterminación.

Es una declaración un tanto pragmática y sentenciosa, ni siquiera mitigada por la perplejidad y la duda que el sentido común obliga a simular en estos casos. No creo que Nigro se haría eco de todo esto, pero creo que, palabras más, palabras menos, así es como debería rezar su catecismo personal, su poética inconsciente. Quiero decir que esos parecen ser los supuestos sobre los que Nigro se mueve: hay una base simple y despojada en su pintura que de tan simple y despojada se vuelve revolucionariamente artificiosa. ¿En qué consiste esa artificiocidad? En el mar hay peces, y hay barcas, y por lo tanto hay pescadores que manejan sus redes; hay anclas, cuchillos; si hay un río, y un barquito de papel, éste se mueve, la corriente lo lleva, lo hace perderse de vista; hay toda una genealogía de instrumentos, materiales, acontecimientos ligados entre sí; hay barriletes, remos, arpones; hay peces, piedras, granos de arena, esponjas de mar, caracoles, herraduras. Y todo eso se halla presente al mismo tiempo, en un solo lugar, dentro de un mismo marco. La ausencia del verbo es benéfica, purificadora, ejemplar. Todo se muestra al mismo tiempo, todo está ahí, encimado, en contacto. Es artificioso porque rara vez la realidad se nos presenta tan abigarrada, tan barroca, tan compleja y minuciosamente alambicada. En cada cuadro parece caber toda una simbología marítima y fluvial, todo el arquetipo lacustre, toda la teoría y práctica marina. Y siempre hay más, siempre el marco interrumpe, selecciona un fragmento, arriba o abajo el tema sigue, las cosas se reúnen fuera de nuestra visión, lejos del alcance de nuestros ojos y nuestra imaginación. ¿Qué hay más allá? Arriba, al costado, más allá, más abajo, ¿qué hay? Se trata de un fuera de campo pródigo en presencias, de las que sólo se nos muestra una parte, una sección, un simple ejemplo. Siempre hay más. El hecho de enmarcar es casi un gesto dadivoso: es como el don que Nigro nos ofrece a nosotros, incapacitados por exceso a ver en la naturaleza lo que está allí en pequeñas dosis, como una droga tolerable o una medicina sin contraindicaciones. El arte de Nigro en ese sentido es malsano, porque nos vuelve adictos a sus conglomerados, nos hace víctimas de su elección azarosa, testigos de un orden y una sucesión fantástica e imposible. Siempre hay más y siempre queremos y necesitamos y exigimos más. Pero hasta lo que nos es dado, hasta lo que nos es permitido presenciar no se hace evidente en un instante: hacen falta horas, días, años para catalogar decididamente todo ese zoológico doméstico, todo ese reino que nunca antes habíamos visto, toda esa desatinada variedad irrepetible, ese espectáculo abisal, al que sólo le hace falta la luz de una mano para volverlo tangible. Y nada en ese zoológico parece efímero o casual, sino absolutamente necesario.

Sergei Eisenstein afirmaba que los mejores autorretratos de Van Gogh eran sus paisajes. Borges hablaba de un pintor que se proponía la tarea de dibujar el mundo y a lo largo de los años poblaba el espacio con imágenes de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas, y poco antes de morir descubría que ese paciente laberinto de líneas trazaba la imagen de su rostro. La teoría es lo suficientemente simple como para hacer honor al artista. Creo que Nigro no hace más que pintarse a sí mismo, o mejor, despliega para nosotros algo así como la radiografía de su cerebro, una radiografía en la que el azar o la necesidad permitirían visualizar el contenido, las pasiones, el corazón, el alma, el pensamiento. Un mundo abierto y solidario lleno de cosas para ver, para oír, para tocar. Lleno de cosas para amar. Un mundo leve, levísimo, donde todo levita como en un espejismo, donde todo deambula, de aquí para allá, va y viene como nubes, formando nuevas conexiones, nuevas relaciones, nuevas pulsiones. Lo que está aquí se desplaza y su lugar es ocupado por otra cosa. O la misma cosa cambia, se transforma, se disuelve, se metamorfosea como una ameba inquieta y descontrolada, gira sobre sí misma, muestra una cara y oculta la otra.

Cuentan quienes se sumergen a grandes profundidades que llegados a cierto punto uno se ve poseído por la ilusión de que allá abajo es posible la respiración por vía natural. Cuando esto ocurre el buzo se quita la escafandra e inevitablemente se ahoga. Se embriaga con un hechizo que los especialistas llaman el vértigo de las grandes profundidades. Nigro conoce ese vértigo. No da lo que se espera de él, sino que crea su propio observador, lo fabrica, lo modela a placer. Su pintura es tan compleja que ofrece por sí sola todos los elementos para una meditación general sobre el significado de la pintura, de la poesía, de la vida misma. Todo el que se acerca a sus cuadros debe lidiar de inmediato con la explícita convicción de que lo que tiene ante sus ojos posee una doble trascendencia. Expresa una consciencia más o menos articulada de la presencia o ausencia de Dios en los asuntos humanos y, a otro nivel, el puro impacto de su obra en nuestras vidas, la manera en que contamina o embarga nuestros pensamientos y sentimientos, llevan directamente a la cuestión de la creación. En la génesis de sus cuadros y en el efecto que tiene sobre nosotros hay alguna analogía con el nacimiento de la vida. Todo aquel que pinte tiene muy serios motivos para confrontar su propia posición con el personal universo de Nigro: siempre aprenderá algo.

Hay gente a la que le gusta habitar sus manos. Otros prefieren habitar sus ojos. Muchos prefieren el corazón, ese músculo indominable, díscolo y previsible. A Nigro le gusta habitar en su cabeza. Su cabeza se extiende como un mapa, y en ese mapa, lo que se visualiza, es el contenido de sus cuadros. Una fauna y una flora inexistente y simple, por lo tanto abigarrada, imprevisible y majestuosa.
Estar de pie, al borde del mar, sintiendo temblar la roca al embate de las olas, es sublime. Las olas marcan sobre la playa un ritmo incesante. Pero el mar tiene un pulso más lento y majestuoso. Aquí, las pequeñas criaturas del mar se mueven placenteramente a lo largo de la costa. Aquí, el pulso del mar se siente dos veces por día, más en las grietas que en las pendientes abruptas. Aquí, cerca de la orilla, el mar llega formando remolinos, cubriendo los bancos de arena, trepando por las redes de pesca. Junto a esas redes hay hombres con la mirada clavada en el suelo, arrancando sus cosechas. Nada de eso lo viví. Tengo del mar una vivencia que podría intercambiarse con una impresión de postal; una vivencia natural, intercambiable, absurda. Ni la más cuantiosa experiencia viajera permitiría inventariar tal cantidad de novedades, de seres mágicos, de lugares extraños. Lo que sé de los trabajos del mar lo aprendí viendo pinturas.

¿Amo lo que me gusta o me gusta lo que amo? Ni Spinoza pudo responder a eso. Si hay algo que amo en los cuadros de Nigro es esa posibilidad de visualizar el contenido de un cerebro, creciendo y complicándose día a día, con el ancla que supo enterrarse a tiempo, o a destiempo, con los raros animales fantásticos de las profundidades y la superficie, con las velas infladas por la brisa, la roca, la arena, serpientes como boomerangs, velas como manteles, redes como jaulas. No hay resentimiento, pero la rebelión es morbosa. Hay además una anárquica hostilidad contra esos ideales colectivos que, por el momento, se llaman colonialismo, industrialismo, explotación.

Como los pulpos o las estrellas de mar sus cuadros logran mostrar y esconder al mismo tiempo el secreto del cual son a la vez únicos depositarios y fascinantes reflejos. La verdad es su verdad. Y la búsqueda de la verdad es una actividad sumamente incómoda, ya se sabe; incluso podríamos decir patológica. Estas telas llevan en sí mismas la gran dialéctica moral, y la condición de esa dialéctica es esta: es mejor morir que durar. La función curiosa e inquietante del arte consiste en seguir recordándonos eso. Los cuadros de Nigro no existen para confortarnos ni para darnos una postura equilibrada. Todo lo contrario: se bucea en ellos ya sin aire, como si se estuviera trepando una montaña embarrada. Y sin embargo, o precisamente por eso, las cosas que vemos se desgarran para desgarrarnos. Su propósito es amenazar nuestro equilibrio. Esa es la única función del arte. Y los que traicionan esa función, aún en nombre de un credo humanitario, traicionan el arte. El arte traicionado enseguida se venga, y lo que pronto resulta es algo tan muerto como la carne fría.

Hay un muro que la pintura erige entre el observador y la vida que con Nigro se derrumba bruscamente. Con él uno no se siente como si estuviera lidiando con un pintor, un artista munido como todos de una aureola de filigrana, que goza del privilegio de la expresión y sabe espolvorear el orégano en la pizza, que presencia o imagina y en un acto inspirado, sublime y concentrado, plasma en la tela, deja su huella, dibuja una estela, sino con un hombre que no sabe expresarse mejor que cualquiera de nosotros y que se ve obligado a empuñar el pincel para decir lo que tiene en el corazón.

Nigro busca lo insólito, a toda costa, porque lo insólito es una convención y, tras esa convención, hay que regresar, también a toda costa, a una verdad. Y si a veces se pierde buscando la realidad detrás de la geometría lo hace porque para él la única manera de redescubrir el verdadero rostro de la realidad es encontrándola detrás de la locura. ¿Y qué es la locura? Ver todo como posible: que las anclas vuelen y las redes se extiendan como una sombra de luna sobre la playa desierta; que las estrellas habiten dentro del agua, que en un mismo plato convivan el pescado y el canto rodado, los pequeños monstruos sumisos de ojos muertos y el cuchillo afilado, el aire del río y la tararira, la barca, el fuego, el agua y la noche. Hay una inocencia en esas fieras, una inutilidad en esos utensilios, una practicidad en esas cosas tan poco prácticas que es cautivante. Y es que Nigro no consigue relatar una idea, no sabe, no le importa, no le interesa vestir una idea. Los cuadros son como los gritos, se escapan. Las pinceladas son actos, confesiones de debilidad. El arte es la venganza de los débiles.

Cuando el mundo fue creado, fue necesario crear un hombre especialmente para ese mundo, adaptado a su rigor. Por lo que cuenta la Biblia, todos estamos deformados por la adaptación a la libertad de Dios. No sabemos como seríamos si hubiéramos sido creados en primer lugar y después el mundo adaptado a nuestras necesidades y nuestros rigores. Nigro parece haber sido creado antes que la pintura. Es por eso que sus telas están deformadas, adaptadas a su propia imaginación, a su propia libertad.

Nigro pinta como quien escribe; desdramatiza, esto es, lo importante no es plasmar algo sino elaborar un universo vivo, un mundo en torno y con determinadas cosas y personajes. Lo que sale a la superficie ya viene con o a través de los trazos y los colores, o no existe. Y en este punto corroboramos en qué consiste la astucia, el verdadero arte de Nigro: es simple... con artificiosidad.

Como en la mecánica de Italo Calvino, su tarea fundamental consiste en sustraer peso, quitarle peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades, a los objetos. La gravedad es una cárcel, una condena y un enigma. Y de allí la conexión irreductible, que difícilmente alguien pueda dejar de advertir y que Daniel Helder puso en palabras refiriéndose a la poesía de Juan L. Ortiz: por un lado la manifiesta, sostenida aspiración a la levedad que caracteriza su poesía; por otro el tema, su casi exclusivo objeto infinito: la naturaleza y el paisaje. Juan José Saer escribió una frase genial. Reflexiones sobre ella. Por ilegibles que parezcan, [los poemas de Juan L. Ortiz] se reconocen como suyos, no ya a la primera lectura, sino a simple vista. Creo que Nigro alcanzó ese mismo nivel referencial automático, esa disposición inmediata del observador a asignarle su autoría a determinado manojo abigarrado de elementos flotantes, ese reconocimiento simultáneo e instantáneo.

Mirando un cuadro de Nigro estoy en grado de comprender qué es la pintura, esa institucional incongruencia que la hace ser para significar, el modelo hacia el que parece haberse movido desde siempre su búsqueda. Ese gran diseño, ese iper-romanzo, esa novela río descarnada y pródiga capaz de competir con el más avanzado modelo de la poesía, y para cuyo consumo el observador deberá armarse de algunas astucias que ya conoce y tal vez aprender otras nuevas a saber: jugar con la luz, ver entre las líneas, debajo de las líneas, en el espacio infinito en que dos seres se tocan y donde se descarrían relaciones elegantemente escabrosas; allí donde para la púdica piedad de los niños, los adultos y los ancianos se despliega la noble ferocidad y el exhibicionismo elegante donde se gesta la simple y refinada extravagancia de lo inevitable, la levedad de lo arbitrario y la coherencia de lo incongruente; porque Nigro acróbata compendia y suma los universos, construye la red inasible de la prosa, la poesía de ese tesoro oculto para llegar al cual hay que atravesar el lago donde siempre está esperando un cocodrilo famélico, pertenece a Nigro desde hace ya mucho tiempo. El único heredero es él, el único que podía conjugar felizmente una ambición de ese tipo, es él.

Ahora repitan conmigo: en otoño las hojas cambian de color y caen; en invierno llueve y hace mucho frío...


 

Nigro acróbata
por Guillermo Piro, 1999.

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