La felicidad de la materia
Florencia Abbate

Gráciles como barriletes Las obras de Adolfo Nigro incitan a recuperar un estado en el que nada pesa, en el que la materia tiene una ligereza innata. Basta colocarse ante cualquiera de ellas, para sentirse interpelado por una levedad que empuja a deshacerse de todos los pesos y pesares... Se diría que son encarnaciones de un estado aéreo, formas que conjuran la gravedad del mundo.

Nigro estructura sus obras en un eje vertical. Podría tratarse de un dato aleatorio, pero no lo es. Cada vez que la mirada sigue las líneas ascensionales, la materia pierde peso; cada vez que las pupilas se elevan, el horizonte se ensancha e ilumina. El impulso ascensional responde a un espíritu optimista, que busca la amplitud, la libertad, el aire del cielo que Gaston Bachelard definió como una patria donde el ser se pertenece a sí mismo: “Ramón Gómez de la Serna ha dicho que en el hombre todo es camino. Hay que añadir: todo camino aconseja una ascensión. El dinamismo positivo de la verticalidad es tan claro que podemos enunciar este aforismo: el que no asciende, cae. El hombre, como hombre, no puede vivir horizontalmente”.

Descubrir un objeto de Nigro siempre es una experiencia grata. Su arte no apela a sentimientos tremendistas. No intenta despertarnos, por ejemplo, el horror o la desesperación. Tiene la generosidad de las sorpresas agradables, fluye en él una energía matutina y no ingresa la violencia, lo cual es comprensible porque ésta no se aviene con una psicología aérea.
Debido al dinamismo vertical, sus objetos parecen abrirse a una dimensión cósmica. Pese a su aparente fijeza, se alzan buscando aire y luz, como si quisieran recordarnos que todo puede ser ligero porque la materia está formada por átomos sin peso. No es casual la presencia insistente de los barriletes en su obra. La ligereza es amiga de la inmensidad. Y sentirse ligero como un chico que remonta un barrilete o como el barrilete mismo, constituye uno de los extraños placeres que el arte de Nigro ofrece.

La torre de Violeta y El árbol del vino son dos de los objetos que forman parte de esta serie. Ambos deben ser mirados de abajo hacia arriba, siguiendo el camino que recorren desde que abandonan la tierra hasta que acarician el cielo. La torre de Violeta tiene aspecto de juguete; parece una pequeña Babel diseñada para que jueguen los niños. El árbol del vino es, más bien, una fuente de vida: transportado por el alcohol, savia calurosa que fluye por el tronco, el caracol terrestre ha logrado elevarse hasta la punta de la copa. Temo que haya que tener cuidado porque tal vez mirarlo sea una forma de regarlo; y si lo miramos demasiado es posible que de pronto este árbol tome impulso y agite sus hojas, sus vastas alas tendidas a un mundo de suprema ligereza...

Todo es uno en la experiencia Nigro utiliza, para sus collages y objetos, materiales hallados en su entorno inmediato: piolines de cajas de pizza, una cuchara de repostería, palitos de helado, broches para colgar la ropa, corchos de botellas de vino, cajitas de fósforos, una tajada de tronco, pedazos de un escobillón, clavos, estampillas, entre otros. Su arte tiene a la vida cotidiana como punto de partida. No obstante, lo destacable es que Nigro mira cerca, pero siempre ve lejos. De ahí que esos materiales cercanos se metamorfoseen en sus manos y adquieran la forma de figuras lejanas, aquellas que pueblan su obra, su geografía onírica: peces, caracoles, bosques, el río o el mar, barcas, barriletes.

El proceso creativo de Nigro revela fuerzas a la vez inteligentes y espontáneas. Atento a las potencialidades de las cosas más triviales, encuentra una (por ejemplo, un mate) y la guarda sin haber decidido para qué la va a usar. Hay materiales que Nigro atesora durante muchos años (¡décadas enteras a veces!). Si se muda, se traslada con ellos; si se llegan a romper, acepta el accidente y deja que madure su trato con los restos. Sabe que, rotos o no, en cualquier momento podrían ser llamados a integrar una obra. El artista no cede a la ansiedad: sabe esperar ese instante en que las cosas dejan de ser lo que son y se reagrupan en un orden más poético. Confía en que, tarde o temprano, terminarán convirtiéndose en hijas de su imaginación.

Las cosas que Nigro atesora ganan libertad: él las exime de la función que cumplían y les devuelve un carácter indeterminado, a fin de que puedan asumir nuevas e insólitas personalidades. ¿Quién hubiera pensado que el envase de unas galletitas norteamericanas, se transformaría un buen día en parte de un collage cuyo título es De la tierra y del agua? Sin duda, para intuir eso, como ha hecho Nigro, hay que ser capaz de un estado de ingenuidad que permita percibir la armonía; debe poseerse una tendencia a sentir que las cosas, aun las más disímiles, participan al mismo tiempo de una sola unidad cósmica. Su don de síntesis ama integrar lo disímil: lo abstracto y lo concreto, lo imaginado y lo existente, la naturaleza de su geografía onírica y la caja de galletitas (“low fat”) comprada en el supermercado. La oposición entre un polo y otro desaparece, pues todo se articula en un mismo nivel: el orden de la experiencia.

A Nigro le gusta concebir su obra como un registro de experiencia. En el collage Barco y dorado, por ejemplo, vemos un pez y creemos que es un símbolo, pero él dirá que no: “Es uno de los dorados que comíamos en Rosario”. También a los materiales que utiliza los remite a la experiencia: “Esta es la prueba de color para los muebles de Violeta” (su hija menor), explicará señalando la tabla de madera pintada sobre la que vuelan sus hermosos Barriletes en la playa. Resulta evidente que no quiere dejarnos pensar que lo abstracto se opone a la vivencia personal. Nos exhorta a tener presente que, aun en el caso del sueño más complejo, la materia prima con que cuenta el soñador es la experiencia.

Sus obras se van conformando de manera paulatina. Día a día, Nigro juega a establecer relaciones entre los materiales, los ensambla, los superpone, inserta uno adentro de otro, los interviene, les hace incisiones, los rompe y después los reconstruye. Practica ese juego fluidamente, sin planificar de antemano su resolución. Crea con la misma naturalidad con que habla por teléfono o cocina, como si todo fuera parte de una misma corriente de energía vital que no debe detenerse. Así es como un día el trabajo guiado por esa mezcla de paciencia y entusiasmo, llega a buen puerto. Sus intuiciones efímeras han dado una obra durable. Y con ella descubrimos que todos esos elementos que habíamos supuesto mera materia muerta, escondían formas móviles: eran susceptibles de metamorfosis, uniones, nacimientos...

 

Música para el devenir

Hay en esta serie de objetos y collages, fechados entre los años 1998 y 2002, una predominancia de motivos asociados a lo acuático (Pequeña estela del río, Ventana al mar, Cosmografías del agua, entre otros). La absoluta maternidad del agua, el medio primero del mundo viviente, ocupa en su geografía onírica un lugar tan primordial como la tierra y el aire. El agua cobija a los seres del modo más simple y más suave. Para Nigro, todo lo que tiene una morada acuosa es vivo, animado, sonoro... Tales de Mileto afirmaba que el agua es la materia original de todas las cosas. Quien mire largamente estas obras se verá tentado a pensar que, en efecto, hasta la cosa más dura y más tosca (una tabla para picar carne, por ejemplo) conserva todavía en su interior la docilidad del agua.

Todo es dócil porque todo está en flujo continuo como un río. Nada es y todo fluye: en cualquier momento un pez podría devenir guitarra... ¿Quién se animaría a asegurar si lo que lleva en su cola son, entonces, clavijas o escamas? (Guitarra-pez). Una geometría que avala la fluidez condujo a Nigro a esta verdad elemental. Es una verdad que produce alegría: la de los colores primarios o la de las chapitas que recuperan su resplandor porque unos ojos notaron que podían devenir estrellas. ¿Cómo no estar alegre ante una obra donde todo fluye, donde nos acuna el agua y nos lleva por los aires el aire, a nosotros, seres de la tierra?

Aire, agua, tierra, ¿dónde está el fuego en la obra de Nigro? Tengo para mí que es su imaginación: una llama que tiene la vivacidad y la movilidad de la inteligencia. Guitarra-barco sugiere mucho acerca de su concepción del arte. ¿Qué es lo que hace latir el corazón de la guitarra? ¿qué elementos puso Nigro en el lugar donde se gesta la música? Observo un fragmento de metro, un fragmento de matraca y un ojo. Se trata de tres elementos claves en su propio arte: la medida (rigor y precisión que las estructuras brindan), un sentido aguzado del ritmo y un exacto poder de captación visual. De ese cruce surge una chispa en virtud de la cual, como en Klee, la abstracción se reconcilia y baila con el aspecto sensible de las contingentes cosas que habitan la experiencia.

Las obras de Nigro son formas de la felicidad de la materia. Me animo a creer que traen suerte: quien convive con una de ellas está acompañado por algo que tiene que ver con la felicidad. Lo mejor es que la felicidad de la materia será, también, la nuestra. Y eso porque, como sostuvo Proust: “Gracias al arte, en lugar de ver un solo mundo, lo vemos multiplicarse y tendremos a disposición tantos mundos como artistas originales existan; mundos más diferentes unos de otros que los que ruedan por el infinito y que, muchos siglos después de apagada la hoguera de donde emanaban –llámese Rembrandt o Vermeer– nos siguen enviando sus rayos especiales”.

Florencia Abbate, junio 2002


 

La felicidad de la materia,
por Florencia Abbate.
En Adolfo Nigro. Objetos y Collages.
ArteBA 2002

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