Cromoformas
Néstor Candi

Yo nunca lo vide al mar
dicen que es ancho y salau
como si uno viese un rio
con costa de un solo lau
Inodoro Pereyra, El Renegau


I
Ya se analizó exhaustivamente cómo Nigro, a través de José Gurvich, tomó contacto con las teorías constructivistas desarrolladas por Joaquín Torres García. Sin ortodoxias trabajó con ellas. Pero también, siguiendo los consejos del maestro, profundizó en el estudio del arte precolombino, percibiendo que su característica esencial era, justamente, el uso significativo de la estructura plástica. Observó que los elementos plásticos-geométricos o fisioplásticos podían variar, pero que jamás se alteraba la distribución de esos signos. Que lo verdaderamente simbólico era la estructura subyacente que daba soporte a la mostración. Así, firmemente apoyado en esos conocimientos de sectorización, Nigro desarrolló un repertorio de elementos iconográficos, que desde inicio caracterizaron sus pinturas, dejándolos danzar en un universo compartimentado.
Pero esa estructura-continente debía ser siempre estrictamente experimental, y funcionar como un vórtice excéntrico. Así, Nigro fue desenvolviendo una fértil cosmovisión estética donde la única ley es la perfección estructural del riesgo plástico, en función de una imagen que sueña su propia historia: equilibrio en cada salto mortal; armonía al borde del abismo. Como un caleidoscopio, la estética de Nigro fue estallando sin repetirse nunca. Creó un universo polimórfico y convergente, donde “la única constante es la mudanza”.

II
Los collages que Nigro presenta hoy fueron creados en La Floresta, Uruguay, durante el verano del 2002. Nacieron de las charlas animadas que mantuvo con Broglia mientras andaban por la playa; de sus cavilaciones mientras cocinaban en un horno de leña, escuchando tangos y música catalana; de sus diálogos con las dos orillas de ese río-mar que sólo existe aquí.
Son producto del notable dominio plástico que alcanzó. En ellos, a través del recorte, libera una serie de formas que irán compenetrándose. Después de superpuestas, son grabadas con una punta seca. No hay línea dibujada, sino una incisión precisa. Con este sistema no se puede dudar. Jamás retroceder y menos corregir. Cada trazo es definitivo, absolutamente único y final. Luego las piezas son pintadas con idéntica certeza, determinando un color para cada sector, subdividiendo interiormente las formas y dejando aparecer el fondo que juega un importante papel por contraste. Los colores son puros, sin veladuras ni matices. Todo un desafío. Una muestra cabal de inventiva, vitalidad y expresividad floreciente.

III
Nigro es un niño jugando. Inventó un repertorio enorme de signos alusivos a su visión costera, a la melancolía del delta del Paraná y de la costa uruguaya: Aguas Dulces, La Paloma, y el Río-Mar de La Floresta. Signos que refieren a pequeñas criaturas que intentan sobrevivir al sol, como recuerdos.
Borges enseña: “No tenemos miedo porque soñamos con la esfinge; soñamos con la esfinge porque tenemos miedo”. Nigro no tiene nostalgias porque muestra un pececito: muestra un pececito porque tiene nostalgias. Muestra esos objetos cuando por dentro le sube la ternura por esas riberas de chiquilines duros y felices; el infinito amor por esos tiempos en los cuales uno sobrevivía gracias a que tenía por delante una gran utopía que le daba coraje, y eso era un buen alimento para el alma.
Quien sabe pinta desde la cresta de una ola; desde el mástil de un navío. Porque tiene la misión de las gaviotas, que sobrevuelan los restos del naufragio para salvar recuerdos.
Nigro pinta el mapa que nos lleva al otro lado del olvido, por el revés del sueño.
Sus pinturas son un Códice que describe las peripecias de un país que está siempre en eclipse, donde las rotaciones planetarias son intermitentes y la órbita inconstante jamás se encuentra con su propio punto.
Hay un afán de jugar porque la vida es grave.
Y para un artista o para un niño, no hay nada más importante ni más grave que su juego.
Hay un color de circo, de barcas pescadoras, de frutas apiladas a la orillla del río esperando las chatas que la llevarán a la feria. Carritos de verduleros –llamados jardineras– llenas de coloridas hortalizas. Almácigos, quinteros, redes, aparejos, peces tornasolados, astros girando en un espacio sin dueño y sin tamaño. Y bichitos que trae la marea.
Simples aldeas con casitas de lata o de madera, pintadas de colores chillones. Lluvias azules que no paran nunca. Barracas de kermeses, únicas alegrías de las barriadas pobres. Domingos en la plaza, todos vistiendo galas colorinches. La vida alerta de la gente del río, de los pueblos costeros. Cerca del agua, cerca del origen. Pulpos de mimbre. Calamares de junco; cestería de pétalos y estambres; canasta de arcoiris. Es todo trama: litoral y delta. Es una inmensa red, siempre viajando. Va cambiando de piel y de corteza. Va mudando de truenos pero mantiene la sangre y la nostalgia. Palafitas de latas repentinas...
Nigro pinta como cuando el mundo entero cabía en “Caminito”; cuando todas las riberas parecían “La Boca”; cuando todos los puertos eran “El Riachuelo”.
Un universo acaso de juguete: casitas de los cuentos infantiles. Chiches, bichitos, cachivaches; lo que se conserva como un tesoro guardado en una caja. Chirimbolos, misterios, la magia que no acaba. Son antiguas, flamantes “cromoformas”.
Son objetos-poemas volando entre las nubes. Son estrellas de polen, que salieron del mar para mirar el mundo desde el cielo. La mirada de Nigro es aérea. Ve a la tierra mientras vuela. Pintor-pájaro, ángel-pintor, viento-poeta-nube. Nigro-purrete, que juega en serio. Que juega para siempre. Nigro nos libera; nos abre la puerta para ir a jugar.
Su mundo es dulce y dócil, dicen. Su mundo es tierno al norte y luz al sur.
Incluso muchas veces su mundo es “luz-a-zul”. Nigro es duende donde?
En un mundo arrasado por guerras e injusticias, Nigro anda por los días, creando su poesía de colores. Porque como dijo Paul Klee: “El pintor no pinta lo que ve, sino lo que desea ver”.

Y COLORIN COLORADO..



Cromoformas,
por Néstor Candi.
En Adolfo Nigro. Collages.
Galería Palatina, 2003.

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