Adolfo Nigro. Serio Ludere
Claudia Laudanno


““Scherzare può essere un serio ludere.”
Nicola Cusano. De ludo mundi (1451).


El espacio físico como espacio relacional

En la presente selección antológica de objetos, collages y assemblages de Adolfo Nigro, que se presenta en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, impera un diseño curatorial expresamente no cronológico, a cargo de la Arq. Liliana Piñeiro. Su objetivo fundamental es trans-localizar las series, los ciclos y los conjuntos temáticos, con el fin de redimensionar el carácter proteico y versátil del opus nigreano, que crece, se multiplica y asienta en diversas y específicas agrupaciones de obras, las cuales actúan como mojones discursivos, jalonando su prolífica producción artística, fechada entre 1967 y 2003.
Los trabajos se inscriben como objetos y huellas de la memoria, correspondientes a tiempos, parajes y estadías diferentes en la intensa y vital biografía artística de Nigro.
La apuesta espacio-curatorial hace que se potencien, aún más, cada uno de los núcleos de piezas escogidas, dispuestos como micro-instalaciones o ambientaciones in situ, que dialogan y se confrontan entre sí. La arquitectura real y la arquitectura o environment simulado se confunden, se trans-localizan, para crear un espacio conformador de lugares interesantes, en el que se concilian nuevas percepciones y asociaciones de sentido, que actúan como aperturas de moradas. Por otra parte, esta retrospectiva, si bien es vasta, no pretende ser integral o exhaustiva. Su finalidad consiste en instalar una mirada no ceremonial, ni tampoco meramente contemplativa, sino dinámica, multifacética y en complejidad, que tienda a subrayar la variedad de propuestas en juego, inherentes a la poética objetual y collagística de Adolfo Nigro en los últimos treinta cinco años.
Así, desde un recorrido ahistórico, no pautado de antemano por un script previo, el espectador se confronta con un ver en simultaneidad, que parte del concepto del espacio como topos, hecho de enclaves válidos para la recepción estética de la obra, ya sea al singular o al plural. En este sentido, la antológica de Adolfo Nigro puede ser concebida, en su globalidad, como una gran y única site-specific installation compartimentada, en la que la repetición produce diferencias, haciendo eje en el famoso ritornello, propuesto por la estética deleuziana. Se trata, entonces, de una repetición de desfondamiento. De ella dependen no sólo lo que se encadena, sino también lo que se libera. Según observaba con total acierto Gilles Deleuze, el fin superlativo del arte contemporáneo es poner en movimiento todas las repeticiones, con sus consabidas diferencias de naturaleza y de ritmo. De allí que la obra de arte como tal es siempre un desplazamiento, un desvío y una deriva, en el seno de dichas repeticiones. En efecto, para la teoría del arte deleuziana, no hay otro problema, más que la inserción del arte en la vida cotidiana, donde éste sería el encargado de arrancar la pequeña diferencia. Así, pues, las construcciones multiformes de Nigro promueven, en su actual dispositio, zonas diferenciales, por su propio estatuto formal, alegórico, simbólico e iconográfico alterado, que se abren en abanico frente al público visitante. De tal suerte, se suceden diversos sectores que acogen elencos de piezas, a manera de abstracts, correspondientes a sus series más memorables. Tales son los casos de Cromoformas, Jironadas, Buscadores de Almejas, Calendarios, Cosmografías, Cartas Modificadas, Horizontes Catalanes, Dominios Naturales, Los Juguetes, Pesca del Viento, Papeles de Calyecat, Desprendimientos, Plancton, Homenajes, Cartas de Dinamarca, Móviles y Barriletes. Estos dos últimos ciclos no necesitan soportes y se equilibran solos, vibrando y oscilando en un espacio en suspensión. A la extensa nómina, se incorporan los conjuntos temáticos relativos a las Cerámicas y los Tapices, entre otros.
La seriedad y el juego se entrelazan en toda la imaginería de Nigro, como constantes imposibles de escindir. Son las propias emociones e intuiciones del artista las que suscitan una cadena infinita de transacciones, modificaciones, reenvíos, alteraciones, perpetradas entre los objetos, papeles, collages, décollages y assemblages expuestos y aquella memoria depositada, mejor dicho, sellada en ellos. En cierta forma, el arte actual no sería otra cosa que la manera o el canal que conduce lo demasiado serio y grave, hasta los límites del sinsentido. Por tal motivo, si algo resulta significativo, lo será aún más si se lo repite y exagera. Debido a ello, en esta muestra es interesante observar cómo el espacio del recinto expositivo se torna fluctuante, sin fijeza alguna. En él, las obras instaladas evidencian su proceso generativo, su genealogía, a la vez, que su atmósfera fuertemente lúdica. Todo esto es consecuencia del modus operandi de Nigro: el artista ha trabajado siempre sobre un territorio nómade, que apunta a la integración de todas las artes. Y para tales fines, la puesta en escena del corpus nigreano pone el acento en la activación de la visión a partir de tránsitos de acercamiento, ensimismamiento, alejamiento y ulterior abandono, promoviendo migraciones que nacen de la desarquitectura topológica de la sala. Por su parte, el contrapunto entre los resabios icónicos y la abstracción excéntrica, ínsitos en su poética, imprimen un ritmo vertiginoso y voluptuoso a lo largo del recorrido de la exhibición, hecho de acuerdos, enfrentamientos, secuencias que funcionan en paralelo, rupturas y embrollos laberínticos, que el espectador debe desentrañar. Aquí, la noción de espacio proyectivo sirve para que el artefacto-obra ya no sea considerado como un ente aislado, sino en relación con varios puntos de vista alternativos, provenientes del sujeto o de los otros objetos, sobre los cuales se proyecta el primero. Este aspecto fisiológico y psicológico está estrechamente vinculado con la intercoordinación de objetos, separados o reunidos en el espacio. Sabido es que las formas del mostrar, es decir, la consideración del lugar o topos como condición de posibilidad de la obra de arte contemporánea, no se reducen simplemente a “exponer”, sino que también pueden descontextualizar, desterritorializar, como la deconstrucción derridiana se ha encargado de hacer. Si bien las series de esta exhibición se ubican como constelaciones de repeticiones, las mismas propician troceos espaciales contundentes y definidos en el interior del recinto exhibitorio.


El deleite de una varietas objetual

Armar, construir, ensamblar y fabricar son los procedimientos más usuales empleados por Nigro en su opus objetual. Los orígenes de esta voluntad artística se pueden rastrear ya en las obras de ciertos vanguardistas de principios del siglo XX, como los collages surrealistas de Max Ernst, los trabajos de Raoul Haussmann, las construcciones Merz de Kurt Schwitters, los relieves dadaístas de Hans Arp, los primeros assemblages realizados con objetos encontrados, como la Roue de bicyclette de Marcel Duchamp, los objetos surrealistas, como el Indestructible object y el Cadeau de Man Ray, de la misma manera que los Objets poétiques de Joan Miró. A dicho listado se agregan las esculturas cubistas de Picasso y los Juguetes y specific objects del uruguayo Joaquín Torres-García. También resulta preciso acotar la referencia a la poética del Grupo Cobra, con su conjunto de obras colectivas y su rico bestiario y, más cercana en el tiempo, la gravitación de los ensamblajes pictóricos y los objetos polimatéricos de Antonio Berni, así como los assemblages escultóricos de Enio Iommi y el Arte Siniestro de Libero Badii.
Esta semilla o germen objetual dará acogida a una infinidad de piezas que, en el hacer de Nigro, recrearán con insistencia el mundo de lo cotidiano, la naturaleza marina y litoraleña, poblada de una opulenta zoo-antropología, de matices neoconstructivos, cartografías y cosmogonías, todo ello corporeizado en los más inusuales e increíbles materiales, algunos de los cuales son reciclados y otros incorporados a la obra como auténticos objets trouvés, sin ningún tipo de afeites estéticos ni rectificaciones. En efecto, el artista busca una sinergia visual en el juego de oposición y acuerdo de materiales, superponiendo madera con piedra, o piedra pulida con calcárea, fragmentos de arpillera, piolines, sogas, boletos, escobas, fósforos, papeles desgarrados, cartones corrugados, chapitas de gaseosa, clavos, hilos tensados, corchos y demás útiles desfuncionalizados, junto a algunos detritus, residuos urbanos y elementos naturales, en una articulación asociativa que consigue alcanzar el equilibrio tectónico de las piezas sueltas, por medio de una cohesión interna indestructible. La mayoría de las veces, el contrapunto de texturas y materiales lleva a Nigro a presentar la materia en bruto, proponiendo un “grado cero” de la misma, anclada en una premeditada estética de la precariedad, del mismo modo que lo hiciera el Arte Povera con sus materiali senza qualità. Como consecuencia de ello, el artista apunta a resaltar la pureza de la simplicidad, y la obra objetual emerge como materia sublimada. Por ejemplo, en los collages Carta de Aracy, Rumor de Juncos, La Barca y Buscadores del Mar, fechados en 1995, pertenecientes a la serie Pesca del Viento, las composiciones objetuales se apoyan sobre la piel desnuda y pobre de la arpillera tensada, utilizada como soporte planar de las piezas y, al mismo tiempo, como fondo contrastante de las mismas. En todas ellas predomina una mirada vertical, típica de las construcciones totémicas, irradiando cruces metafóricos y metonímicos, después de la absorción del objeto, ya transformado ab initio en abstracto. Sin embargo, dicho proceso abstractivo se vale de una imagen especular de tal o cual objeto, concebido como talismán o fetiche, cargado de deseos, de memorias y fijaciones de recuerdos, en definitiva, de sensaciones experimentadas “en primera persona”, en tanto último residuo de realidad, como es posible detectar en Barca y Luna Verde. Aquí, Nigro hace uso de las superficies caladas, de las incisiones y perforaciones con miríadas de pequeños agujeros y algunos tajos, quizá como homenaje póstumo al Espacialismo de Lucio Fontana. En este tipo de trabajos existe un “exceso de realidad”, un “colmo de la materia”, que se opone abiertamente a la desustanciación de lo real, dotándolos de sustratos ocultos y enigmáticos. Al mismo tiempo, en ellos permanecen depositadas las huellas de otras huellas, que reenvían a otros vestigios, en una ramificación de sentidos cuya temporalidad resulta envolvente.
El sueño de la materia transfigurada por un impulso terrenal, hace que estas alegorías y metáforas de fondo sobre la naturaleza aparezcan sedimentadas, como en ruinas estratificadas. La multiforme y poliédrica práctica del collage, el objeto y el assemblage que Nigro concreta en sus piezas, nos conduce a la consideración de que lo real no interesa tanto por su forma, sino, en todo caso, por su materialidad bastarda e híbrida, que vehiculiza la catástrofe de la representación, el caos de todos los modelos y sistemas del arte. Su patencia de reversibilidad nos alerta de que todo puede descomponerse, desarmarse y recombinarse incesantemente, y así lo hace el artista, por medio de su manifiesto placer por un fragmentario recompuesto. Todo puede volver al caos primordial de la materialidad a secas, a condición de que la transparencia y las notas de lo claro y lo distinto afloren desde ese umbral de turbulencia. Por tal motivo, Nigro reflexiona sobre la propia condición objetual de la obra, es decir, su estatuto, al que le imprime una normatividad desviada, modificada, diferida. La imperfección, el acabado tembloroso, artesanal y palpitante de ciertas piezas suyas preanuncian, en su tumulto interior, la demarcación de su propio territorio o espacio escénico. La actitud de Nigro frente al arte es sumamente abierta. No es en absoluto conservadora. Está hecha sólo de libertad y de voluntad de trabajo.


Jironadas, o el valor de la monocromía y la tautología sensorial

En lo referente a la serie Jironadas iniciada por Nigro durante un viaje por los Estados Unidos, alrededor de 1998, cabe señalar que se trata de un ciclo de cuadros-objeto, donde el uso de distintos papeles desgarrados y arrancados verticalmente, constituye la materia prima –exigua, liviana y lábil, a la vez– de dichas piezas. En este conjunto, prima un gran sentido de ligereza y de juego, de ludicidad en estado superlativo, que se coagula en un ars combinatoria, poniendo el énfasis en el efecto de transformación del fragmento como instrumento apto para el desenvolvimiento de un proceso sumatorio, en aras de una totalidad cuasi monocroma. Su continua exploración de la interdependencia relacional entre las partes y el todo así lo demuestra. En tanto estrategias formales y discursivas, las Jironadas de Nigro se ubican a caballo entre la austeridad del collage cubista y la diseminación expansiva y fragmentaria del décollage y del afiche déchiré, cultivado por los nuevos realistas franceses, en particular por el italiano Mimmo Rotella, su creador.
Este cuerpo operístico, fechado entre 1998 y 1999, ostenta entretejidos o entramados de ristras de colores saturados jugando con las texturas mates y brillantes, las tipografías de hojas de revistas troceadas, los mensajes publicitarios truncados, devenidos restos o despojos, para ser luego resemantizados visualmente en el contexto aditivo y múltiple de las desgarraduras, pegadas verticalmente. Las Jironadas siguen una lógica acumulativa que opera por contigüidad. Por otra parte, Nigro manipula en algunos trabajos los planos tonales compactos y contundentes, por medio de variantes monocromáticas de rojos encendidos, dorados y plateados refulgentes, amarillos solares y ascéticos blancos, como se advierte en este exquisito muestreo paradigmático de sus series y conjuntos temáticos más célebres, que se exhibe en el marco de su actual antológica de la Sala Cronopios. Paralelamente, es pertinente consignar que fue el poeta y artista rosarino Hugo Padeletti quien bautizó este tipo de opus con el título Jironadas, en un texto inédito fechado en 2002.
Jironadas propone un arte para los sentidos, un arte del ver y del tocar, en el cual la instancia visual funciona como el disparador para el ulterior regodeo háptico. Se trata de un programa operativo singular, donde la estésica actúa como base de una estética. Con su disposición repetitiva y serializada, los fragmentos de papeles troceados manualmente por el artista se proponen como exageraciones tautológicas de alto nivel sensorial, que apuntan al redoblamiento del acto perceptivo, apelando luego al reclamo del tacto.
Por otro lado, este rango de piezas objetuales se genera sumando y seleccionando diversos registros visuales y texturales para crear una auténtica escritura simbiótica de materiales, que elimina ex profeso la jerarquía de los significados en una homologación totalizadora y aglutinante de las superficies. Con ello, Nigro se aproxima a una gramática monocroma, revalorizando la dimensión del puro significante matérico y la “primeridad” estética del color y del no-color. En efecto, según la semiótica de Peirce, la “primeridad” sería el modo o la forma de ser de aquello que es, tal como es, de manera positiva y sin ninguna referencia a otra cosa. Esto implica que es una relación de un solo elemento consigo mismo, completamente autorreferencial y tautológica. Desde su categorización estética, “lo primero” se identifica con el amplio espectro de la sensorialidad, en particular con la percepción de colores y texturas, así como con el espacio del tacto. Por ello, en Jironadas, Nigro pretende crear una “cualidad primera”, cuya matriz es la inmediatez de la pura aisthesis, esto es, el valor agregado de una estética fisicidad.
Los colores uniformes (el rojo, el dorado, el negro y el blanco) que aparecen en algunas de estos tableaux-objets, estimulan directamente nuestra sensibilidad al provocar diversas mecanismos de recepción. Del mismo modo que lo hicieran Ives Klein en sus cuadros impregnados del International Klein Blue (IKB), Piero Manzoni en sus Acromos blancos, realizados en algodón y pelo de conejo prensado, Barnett Newman con sus pinturas monocromas y Richard Tuttle con sus primeras construcciones en papel, y luego en sus manteles en hilo de contornos poligonales y de un solo color, Nigro llega a crear una “cualidad estética”, mucho más compleja que la mera sensación del color o del valor. Otro detalle a destacar: incluso prescinde de la diferencia entre marco y soporte para la activación de una experiencia estética, de talante severamente reductivo, eliminando cualquier rastro de iconismo, en una actitud que busca expresar la pura cualidad. De allí que se trate de una propuesta abstracta, cuya visée neoconceptual salta a la vista. Paralelamente, el carácter aleatorio, la instancia del juego y del azar programado, se combinan, dando lugar a una sutil intervención que incide, a partes iguales, añadiendo una función orgánica del assemblage, en el plano de la imagen así como en el del lenguaje escrito. El trabajo de Nigro se lee como una constelación que tiende a un cierto orden formal y se asume, paralelamente, como campo de juego, dentro de las dimensiones establecidas, por la lógica aditiva de los papeles pegados, unos al lado de los otros, cubriendo toda la superficie tectónica de los planos sustentorios, los cuales, a estas alturas, resultan investidos por un fino y delicado horror vacui. Aquí, nuevamente es necesario rescatar el principio estructural y constructivo del cual parte el artista, como buen heredero y, al mismo tiempo, sabio transgresor de paradigmas y modelos provenientes de la tradición del Universalismo Constructivo y del Taller Torres-García y su legado, sobre todo, en lo concerniente al entramado ortogonal de las piezas, con hilos tensados por detrás e hileras de papeles desgarrados, fijados en franjas verticalizadas desde sus extremos superiores, dejando flotantes sus porciones inferiores.
Por ejemplo, en tres collages-décollages realizados en papeles dorados, de esplendente belleza, resuenan ciertas filiaciones intertextuales que enlazan la praxis artística de Nigro con la serie Dorados del mexicano Mathias Goeritz y, paralelamente, con los ciclos de los Metales lacerados y tajeados y los Concetti Spaziali, elaborados con oro, óleo, grafito y cristal de Murano por el rosarino Lucio Fontana.
Las piezas en papel que integran la serie Jironadas, nos demuestran que la mímesis se ha esfumado, para dar cabida a valores puramente sinestésicos. Otro de los recursos operativos de Nigro, presente en este corpus de obras, es el adelgazamiento de los extremos de sus jirones, con el fin de dotar de mayor potencia al espacio-receptáculo que los contiene. Además, la experiencia vital y estética del artista exhibe que lo que se toca con las manos, se mueve y agita, es algo evanescente y, a la par, una forma de obsesión por lo mínimo.
Su propuesta exige romper con la taxonomía de la retórica del marco, apuntando a una deslimitación estética en pos de una felicidad sin culpas, que se da en el hacer inventando el cómo y el para qué, aquel territorio sin lugar fijo, sujeto a corrimientos y deslizamientos perpetuos, es decir, una atopía que es asumida como signo de azar, libertad y apertura.



Adolfo Nigro. Serio Ludere,
por Claudia Laudanno.
En Nigro en Cronopios.
Centro Cultural Recoleta, 2004

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