| La
tenacidad de la memoria
Alberto Giudici
Memoria. Recuerdos-vivencias se enlazan en sistemas de
signos que tienden puentes entre los “andares” de Adolfo Nigro
como creador y su compromiso vital con la sociedad. El tiempo subjetivo
y el tiempo histórico establecen así una íntima complicidad
tomando cuerpo en su labor de un modo que sorprende siempre: es juego,
invención, deslumbramiento. Esta cualidad está presente
tanto en su producción pictórica como en la elaboración
de objetos con los materiales más diversos e insólitos o
en la utilización del collage, fascinante sistema de escritura.
Tres series componen este libro, tributo a Raúl González
Tuñón en el año de su centenario; a la gesta de la
Guerra Civil Española de la que Tuñón fue parte activa;
y a la figura, no siempre valorada, de Delia del Carril, la célebre
“hormiguita” que compartió 18 años de su vida
con Pablo Neruda a quien conoció en Madrid cuando el poeta chileno
fue nombrado cónsul en reemplazo de Gabriela Mistral. Estos conjuntos
fueron realizados en distintos momentos. El sentido unificador del mensaje
y la utilización del collage como procedimiento estético
les dan su intrínseca armonía. Boletos de colectivo, estampillas,
sobres, piolines, cartones, naipes, letras recortadas, tiras de papel
sacadas de revistas y a veces un toque de color, un garabato, una señalización
constituyen el caótico alfabeto de este universo sígnico
cargado de significados y significantes.
En 1926, cuando tenía 21 años, González Tuñón
publicó su primer poemario, El violín del diablo. En ese
libro aparece un rasgo esencial de su obra futura: el paisaje urbano con
“su música, sus plazas recónditas, sus rincones solitarios”
recreados por este “cronista fantástico de lo sutil”
según palabras de su amigo, el poeta Elvio Romero. El caballo muerto,
que integra el volumen, participa de ese clima, entre mágico y
sobrecogedor, porque nadie excepto Raúl podía hacer de un
caballo de carga el protagonista de una historia de vida desolada: “ese
pobre vencido, fue un obrero”, se lee. Nigro compone un friso con
17 collages, de 12,5 x 18,5 cm. cada uno, donde el lacónico fraseo
del poema marca un ritmo de impresionante carga emocional. Cada verso
conforma una pieza minimalista con los elementos formales esenciales teniendo
al empedrado como leit motiv en todo su desarrollo. Las letras recortadas,
de tamaños y tipografías diversas, y la escritura manual
de los versos participan, como en los dadaístas, de la materialidad
de la obra en un permanente juego de tensiones espaciales con los demás
elementos visuales. De este modo, palabra e imagen se integran en un todo.
Nigro no ilustra el poema sino que hace del ensamble de signos un único
texto.
Por su parte,“un viento de banderas”, la espléndida
imagen que inaugura el poema de Tuñón Entierro de Barbusse,
anuda los seis trabajos que Nigro consagra a la lucha por la defensa de
la República española. Nuevamente, distintos elementos reales
usados en caótica simultaneidad sustituyen la representación
resignificando el espacio. El uso de naipes intervenidos simboliza el
poder: el rey, a Franco, y las espadas, con el toque irónico de
estar atravesadas por ristras de ajos o zanahorias, al alzamiento falangista.
En otras, aparecen los nombres de las distintas organizaciones combatientes
junto a las banderas de la República, la portada de Treball, órgano
del Partido Socialista Unificado de Cataluña, la transcripción
de textos o canciones como esa anónima que arranca:
En España las flores
que nacen en Abril
no nacen de alegría
sí de dolores mil
dando el sentido de la tragedia, que concluye en el Homenaje
a Miguel Hernández titulado Llegó con tres heridas. Aquí
una inmensa mancha roja cubre casi la superficie de la obra abriéndose
como un cono hacia la base: una herida que se convierte en un mar de sangre.
La agonía del poeta es la de la República.
Finalmente, cinco collages son el aporte de Nigro a Delia en el corazón,
un emotivo libro publicado en Santiago de Chile por Emilio Ellena, en
abril de 2005 con motivo del Año Neruda, con el objeto –señalan
los editores– de reivindicar la figura de Delia del Carril, marcar
su influencia en la evolución del poeta, “así como
sobre la España efervescente de los años 30”. Precisamente,
el sobrenombre de “la Hormiga” con el que se la conocía,
se lo habían puesto los españoles en esos años debido
a la capacidad de Delia de trabajar por la causa republicana con una entrega
casi sobrehumana. Activa militante comunista fue, al mismo tiempo, una
entrañable amiga de Victoria Ocampo, quien también le dedica
un conmovedor texto escrito en San Isidro en 1974. “Qué suavidad
de lirio acariciado”, la había definido Miguel Hernández
en su poema A mi amiga Delia. Y eso era para todos los que la trataron.
En el año 1971, Nigro y su familia viajaron a Chile, donde residieron
un año alojados en la casa de Delia. Viaje a los guindos, evoca
ese momento: Los Guindos era el barrio donde estaba la casa de Delia,
y en la obra aparecen los nombres de Silvia, ex esposa de Nigro, y sus
hijos Trilce y Joaquín. Estampillas, boletos, sobres de correspondencia
de esa época en la que el exilio y la dispersión por el
mundo de amigos, familiares –su propio hermano, en Dinamarca–,
encuentran en estos elementos un nostálgico eslabón de enlace
que recupera simbólicamente lo que forzadamente fue desunido. Desde
su vivencia personal, Nigro recrea los años de Delia y Pablo, inmersos
en la vorágine de la República para concluir con España
en el Corazón: sobre la foto de una marcha por las calles de una
ciudad española cualquiera, los colores de la República,
las siglas de las organizaciones combatientes y sus frágiles armas,
una estampilla con el Guernica y otros símbolos que cargan la imagen
con aires de epopeya.
Es ese “viento de banderas” que a pesar de los pesares siempre
tenaz sopla y soplará esparciendo la memoria.
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