| Luz
de la tierra
Pero estas novedades expresivas también pueden pensarse en clave de un gesto de introspección profunda. Hay ahí el rastro de una técnica cultivada en un momento muy temprano y prácticamente desconocido de su producción artística: la de la cerámica (collares, cacharros, platos, juguetes) que hizo en el Taller Torres García en Montevideo, cuando luchaba para sobrevivir a la vez que renovaba su mirada y el lenguaje de su pintura con la guía del maestro José Gurvich. Con él aprendió a fragmentar el plano, a trabajar la pintura en estrictas dos dimensiones y a respetar la divina proporción. Pero en estas pinturas vuelve también el recuerdo de la incisión en la arcilla blanda, el abigarramiento en la materia escasa, la línea gruesa y neta, blanca, negra, imbricando unas formas en otras. La obra reciente de Nigro se abre camino hacia rumbos
nuevos en una vía que podría pensarse como de máxima
restricción de los medios expresivos para llegar a una suerte de
depuración sistemática. Estas pinturas están (siempre lo están) plagadas de secretos, de mensajes cifrados que sólo algunas pocas personas conocen y que hablan de sus afectos. Esa cuasi-escritura invade todo el plano de las composiciones recientes. Después, sobre ella, el color se abre camino delimitando zonas y ritmos en esa suerte de horror vacui. “Yo creo que estoy llegando a Pollock” dice, y las formas se multiplican como gotas de dibujo sobre la tela. El camino que inició con su maestro montevideano
ha tomado un rumbo que abandona lenta, paulatinamente, la vía del
constructivismo para volverse tapiz o cerámica. El color va llegando
adonde las formas lo piden. En su tierra y en su mar, el mar que transita
e interroga desde hace años, empieza a arder el fuego. Y cita de
memoria a Paul Eluard y explica: “Hice un fuego ya que el cielo
me había abandonado”.
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| Prólogo,
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