Luz de la tierra
Laura Malosetti Costa


“Je fis un feu, l’azur m’ayant abandonné,
Un feu pour être, son ami,
Un feu pour m’introduire dans la nuit d’hiver
Un feu pour vivre mieux.

Paul Eluard, Pour vivre ici


Cuenta Adolfo Nigro que los trazos, las formas de su pintura nacen de un automatismo casi inconsciente, que crecen como organismos, como plantas mientras mueve su mano y se deja embriagar por la música del Tata Cedrón, Sarraute, Viglietti, Dylan, María del Mar Bonet, Pi de la Serra o Lluis Llach, y de otras pasiones musicales y poéticas que lo transportan física e intelectualmente hacia confines añorados o desconocidos.

Pero estas novedades expresivas también pueden pensarse en clave de un gesto de introspección profunda. Hay ahí el rastro de una técnica cultivada en un momento muy temprano y prácticamente desconocido de su producción artística: la de la cerámica (collares, cacharros, platos, juguetes) que hizo en el Taller Torres García en Montevideo, cuando luchaba para sobrevivir a la vez que renovaba su mirada y el lenguaje de su pintura con la guía del maestro José Gurvich.

Con él aprendió a fragmentar el plano, a trabajar la pintura en estrictas dos dimensiones y a respetar la divina proporción. Pero en estas pinturas vuelve también el recuerdo de la incisión en la arcilla blanda, el abigarramiento en la materia escasa, la línea gruesa y neta, blanca, negra, imbricando unas formas en otras.

La obra reciente de Nigro se abre camino hacia rumbos nuevos en una vía que podría pensarse como de máxima restricción de los medios expresivos para llegar a una suerte de depuración sistemática.
Su figuración se vuelve casi una escritura sobre el plano, un entrelazamiento de signos que delimitan diminutas zonas de colores lisos, puros, contrastantes. Naranja y azul. Blanco, negro, rojo y amarillo. Y nada más. En algunas obras, como Luz de la tierra o En un cielo blanco o negro, el blanco y el negro dominan. La restricción del color es llevada por Nigro casi al extremo de su ausencia (o a la suma total). Su iconografía marina, montevideana, rosarina, porteña, sus formas poéticas de siempre están allí, sin embargo, implicadas unas en otras, apenas distinguibles: hay peces-runa, caracoles-jeroglífico, ciudades, barcos, mujeres, ojos-signo que transforman el plano en una cartografía de sus obsesiones.

Estas pinturas están (siempre lo están) plagadas de secretos, de mensajes cifrados que sólo algunas pocas personas conocen y que hablan de sus afectos. Esa cuasi-escritura invade todo el plano de las composiciones recientes. Después, sobre ella, el color se abre camino delimitando zonas y ritmos en esa suerte de horror vacui. “Yo creo que estoy llegando a Pollock” dice, y las formas se multiplican como gotas de dibujo sobre la tela.

El camino que inició con su maestro montevideano ha tomado un rumbo que abandona lenta, paulatinamente, la vía del constructivismo para volverse tapiz o cerámica. El color va llegando adonde las formas lo piden. En su tierra y en su mar, el mar que transita e interroga desde hace años, empieza a arder el fuego. Y cita de memoria a Paul Eluard y explica: “Hice un fuego ya que el cielo me había abandonado”.
Los títulos llegan al final, surgen del resultado del trabajo, pero son fundamentales. Imprimación, dibujo, color, título: ése es el orden Nigro.
Tierra blanca, tierra negra, la luz y la tierra. Y el mar. Todo esto empezó en el Uruguay, en Punta Colorada. El punto de partida hay que buscarlo en las Cromoformas que concibió en un ardiente febrero frente al mar/río de la Plata pero en la orilla de enfrente, que también es su casa.



Prólogo,
por Laura Malosetti Costa.
En Luz de la tierra.
Galería Laura Haber, 2007.

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